jueves, mayo 10, 2012

La familia del sentenciado (Museo Nac. de Bellas Artes)

Mildred Burton
La familia del sentenciado
Acrílico sobre cartón, 68 x 50, 48,5 x 38, 68,5 x 58 cm.
Museo Nacional de Bellas Artes.

La figuración de los años setenta 

“Los años setenta testimoniaron desde el comienzo un clima político turbulento: el regreso de Juan D. Perón entre dos dictaduras militares, guerrillas, represión y terrorismo de Estado. Muchos intelectuales y artistas argentinos se exiliaron y otros continuaron su trabajo en el país de manera silenciosa y resistente.

La perspectiva de este período ha cambiado de manera sucesiva con dinamismo (…) De una visión de arrasamiento, de generación diezmada, de campo cultural fracturado por los acontecimientos históricos, se ha pasado en los últimos años a una valoración específica de la producción de algunos artistas visuales al punto de haberse convertido en hitos paradigmáticos”, escribió Mercedes Casanegra.

En la misma década en que se afianza el conceptualismo, algunos artistas optan por la figuración para abordar el tema de los distintos tipos de violencia que atravesaron la experiencia vital de aquellos años.

Las sensaciones de desconcierto en los retratos de La familia del sentenciado, de Mildred Burton, y de extrañamiento en Juego interrumpido, de Guillermo Roux; el “autoexilio” en El día de la primera comunión, de Juan Pablo Renzi; los climas, amenazante en Pintura, de Fermín Eguía, y opresivo en Figura sentada, de Héctor Giuffré; la censura en los Amordazamientos de Alberto Heredia; la tortura en El mudo, de Juan Carlos Distéfano, y la turbación visceral en la obra de Norberto Gómez.

Vinculadas a situaciones concretas de la historia argentina reciente, estas obras promueven, explícita o sutilmente, experiencias estéticas del horror y convocan a la memoria de un tiempo intensamente atroz.

martes, febrero 07, 2012

Glusberg en positivo

MARTES, 7 DE FEBRERO DE 2012
OPINION


 Por Luis Felipe Noé
Un hombre público es siempre un hombre expuesto a todo tipo de crítica, pero, si además es un hacedor y proclive a decisiones determinantes, es un candidato seguro a ganarse amigos, admiradores y grandes enemigos.
En la Argentina, en el campo del arte no ha habido muchos hombres públicos que merezcan este nombre de manera categórica, pero con seguridad, se puede decir que Jorge Romero Brest y Jorge Glusberg –ambos ex directores del Museo Nacional de Bellas Artes– lo fueron. Por algo este último, que falleció el 2 de este mes, tenía como modelo al primero. Los dos hicieron del museo un organismo vivo y abierto a los artistas argentinos contemporáneos. Entre la dirección de uno y el otro, en cambio, hubo un paréntesis en el que ningún artista argentino que no hubiese fallecido podía exponer, amparándose en un reglamento inexistente. Por suerte, luego de la dirección de Glusberg, se continúa esta nueva tradición de exponer a los artistas contemporáneos. Sin embargo, había dos aspectos notoriamente diferentes entre uno y otro: Romero Brest era un didacta y un animador cultural; Jorge Glusberg fue un organizador nato de cuanto se le ocurriese hacer. Su doble personalidad de apasionado por la cuestión artística y particularmente por la arquitectura y su inteligencia comercial lo llevaron por un lado a crear una empresa de iluminación (Modulor), y por el otro, a fundar el Centro de Arte y Comunicación (CAYC). Esta institución, en las décadas de ’70 y ’80, fue un caldero de vanguardia como lo había sido el Di Tella en los años ’60, aunque naturalmente porque comprendía menos aspectos y tenía menos local, de manera un tanto más modesta que esta última. Le tocó vivir otros tiempos en el que ya no se creía en el desarrollismo y el presente era las dictaduras militares. Pero, he de notar que el CAYC nace en 1968 y el Instituto Di Tella, ubicado en la calle Florida, cierra en el año ’69. Fue una manera de decir que el espíritu de vanguardia nos seguía a pesar de las botas militares.
Allí nació el primer grupo de artistas conceptuales de la Argentina (grupo CAYC), que mereció el premio de honor Itamaratí de la XIV Bienal de San Pablo en 1977. Es así que en 1995 Glusberg recibe la medalla de oro de la muestra 30º Aniversario de la ONU en Yugoslavia y es designado codirector del Departamento de Arte de la Universidad de Nueva York.
Comenzaba así un reconocimiento como crítico de arte y autor de numerosos libros: entre otros, Mitos y magias del fuego, Del pop art a la nueva imagen, Orígenes de la modernidad, Moderno-posmoderno. Esta actividad lo llevó a ser presidente de la sección argentina de la Asociación Internacional de Críticos de Arte y corresponsal de numerosas revistas extranjeras, asimismo fue distinguido con las Palmas académicas (Francia 1986).
Desde el CAYC organizó numerosos encuentros internacionales de críticos de arte y también de arquitectura. Actividades que prolongó desde que fuera designado por concurso director del Museo de Bellas Artes (1994-2003). En ese cargo creó la Bienal Internacional de Arte, que tuvo lugar en los años 2001 y 2003, las que se expusieron no sólo en Buenos Aires, sino también en Córdoba y Neuquén, ciudades en las que había creado una delegación del museo. Continúa aún la de Neuquén.

Pero su carácter y sus decisiones, que dejaba a muchos relegados, llevaron a éstos a la calumnia y al odio, y hasta provocaron un programa de televisión infame, buscando su renuncia. Más aún, fraguaron el robo de las manos de Rodin, las que aparecieron mágicamente después, cuando “el golpe de Estado” había fracasado. Sin embargo, tuvo que enfrentar juicios de los cuales con los años salió “ileso”. Pero al final los enemigos consiguieron lo que buscaban, aunque él continuó su trabajo con el CAYC como sello, concentrándose particularmente en la arquitectura. Venía desde años haciendo la bienal de esta disciplina. Gracias a él vinieron a la Argentina arquitectos del nivel de Norman Foster, Richard Meier, Zaha Hadid, Jean Nouvel y Richard Rogers, entre otros. Y promovió la arquitectura argentina a tal punto que el gran arquitecto Mario Roberto Alvarez dijese: “Si Jorge Glusberg no hubiese existido, lo tendríamos que haber inventado”.

Para leer la nota en la versión digital del diario, hacer click aquí

jueves, enero 26, 2012

De azares, sueños y las ficciones

Martes 24 de enero de 2012

CULTURA / ESPECTACULOS › ARTISTAS DE LA DECADA DEL 20 HASTA EL SIGLO XXI EN EL CASTAGNINO.

Hasta el 27 de mayo en la planta baja del museo de Oroño y Pellegrini, se puede ver esta inquietante muestra colectiva que revisa las manifestaciones regionales y locales de tendencias poco revisitadas de la producción artística.


Por Beatriz Vignoli

Obras en todas las disciplinas de casi 50 artistas, en un recorte temporal que abarca desde la década del '20 del siglo XX hasta comienzos del XXI, pueden verse desde el 16 de diciembre hasta el 27 de mayo en la planta baja del Museo Castagnino (Bv. Oroño y Av. Pellegrini), institución que convocó a María Elena Lucero como curadora de una selección de la colección Castagnino Macro, sesgada por su mirada particular. El resultado es una inquietante muestra colectiva titulada De azares, sueños y ficciones, que revisa las manifestaciones regionales y locales de tendencias poco revisitadas de la producción artística moderna del siglo XX: aquellas que, aun manteniendo el rigor compositivo y formal de la época, se apartaron del racionalismo que prevalecía en el arte moderno y en cambio expresaron las subjetividades, incluidas las fantasías surgidas de reelaboraciones modernas de mitos y leyendas de la región. Todas las obras expuestas pertenecen a la colección Castagnino﷓Macro y en las cartelas se cuenta cómo y cuando ingresaron a la colección, ya sea a través de premios adquisición, programas de adquisición o donaciones de coleccionistas o de artistas. Vale la pena detenerse en estos datos, que permiten saber de los mecenas locales y de la prontitud con que incorporan las novedades artísticas al patrimonio de la ciudad.


Rubén Echagüe, La lección de anatomía. Grafito sobre papel.




María Elena Lucero es doctora en Humanidades y Artes, mención Bellas Artes, por la Universidad Nacional de Rosario, de cuya Escuela de Bellas Artes es directora desde el año pasado. Es además docente titular del Seminario de Arte Latinoamericano (UNR), dirige el Centro de Investigaciones y Estudios en Teoría Poscolonial y co dirige el Centro de Estudios Teórico﷓Críticos sobre Arte y Cultura en Latinoamérica (UNR). La selección de obras y la organización del trayecto visual en cuatro núcleos o secciones tuvo como colaboradoras, convocadas por Lucero dentro de la Escuela de Bellas Artes de la Facultad de Humanidades y Artes (UNR), a Virginia Gallizio y Elisabet Veliscek ("Atmósferas metafísicas"), Jaquelina Calamari y Laura Inés Catelli ("Ensoñaciones"), Nora Brossa y Mayra Gobbi ("Extrañeza y fascinación"), y Virginia Baronetti y María Florencia Llarrull ("Otras ficciones"). Lucero define estas cuatro categorías en su texto, que conviene leer antes de visitar la muestra y que puede consultarse en http://www.museocastagnino.org.ar/archivos/guion_lucero.pdf.
Surrealismo, pintura metafísica, expresionismos diversos configuran el lado B de los modernismos: los "contramodernismos", como escribe Hal Foster en Belleza Compulsiva. Y hoy, además, "regionalismo" ya no es mala palabra. Lucero lleva años investigando los modernismos latinoamericanos y en su marco teórico retoma el concepto de "itinerario" de la investigadora Diana Weschler, quien relee la historia del arte latinoamericano como mucho más que una copia de los modelos europeos. Territorios de diálogo, España, México, Argentina 1930﷓1945 (Entre los realismos y lo surreal) es un trabajo clave de Wexler en este contexto, que Lucero desarrolla con claridad; pero los textos de sus colaboradoras, si bien se hallan impresos a disposición del público, son de lectura mucho más difícil y oscura.
Una frase muy citada de Walter Benjamin en sus Tesis para una filosofía de la historia dice que la historia es una construcción cuyo punto de partida es el presente. La frase viene a la mente ante la primera sala, Atmósferas metafísicas, donde cuidadas composiciones de los pintores Emilio Centurión, Hugo Ottmann, Raquel Forner, Juan Berlengieri, Antonio Berni y Lino Enea Spilimbergo y del grabador Juan Batlle Planas, realizadas entre 1934 y 1959, se codean con una pintura de Jorge Di Ciervo de 1994. La lectura curatorial "metafísica" de la presencia recurrente de cabezas de yeso en muchas de estas obras está quizá sesgada por la cultura visual contemporánea, producto de una industria cultural que reprodujo las obras de Carrá y De Chirico a través de libros ilustrados; no hay forma de saber si Forner, Berni o Spilimbergo (antecedentes del surrealismo en Argentina, según investiga Guillermo Fantoni en un trabajo publicado en 1993) no estaban haciendo un mero "ejercicio plástico". Los críticos de aquella época tenían lecturas muy diferentes, formalistas, de estas obras.
"¿Dialogan realmente las épocas? ¿O es de ciencia ficción imaginarse puentes entre un suburbio al óleo de Leónidas Gambartes de 1944 y una foto desenfocada del Pont Neuf por Dino Bruzzone fechada en 1997" ¿Hay una verdadera conexión entre El calvario verde (1955) de Aquiles Badi y el Cementerio de ciervos (2008) de Arturo Aguiar" Sí las hay entre las naturalezas muertas de dos pintores de la escuela de La Boca, Eugenio Daneri y Fortunato Lacámera; también comparten una estructura de sentimiento neoexpresionista en común las pinturas gestuales de comienzos de los 80 por Juan Del Prete y por Leopoldo Presas, y se nota tras el barniz amarillento el parentesco entre dos obras matéricas informalistas surrealizantes de los años 60: una de Nicolás García Uriburu (antes de que pintara las aguas de verde) y otra de Antonio Seguí (antes de sus famosos hombrecitos de sombrero). De Guillermo Roux hay sorprendentes dibujos de los dos períodos; los más tempranos recuerdan a los collages de Max Ernst, y el más tardío dialogaría bien con ciertas pinturas de Juan Pablo Renzi.
Ernesto Deira y Miguel Dávila, de la Nueva Figuración, no parecen tener mucho que decirse con Miguel Harte, del Rojas, o con contemporáneos como Iván Calmet, Marula Di Como, Flavia Da Rin y la siempre revulsiva rosarina Nicola Costantino. Sí se hubieran entendido mejor con la abstracción antropomórfica de Aldo Paparella, más que con una Mildred Burton coyuntural cosecha 2001 o con una maja de Ramón Teves. Silvia Rivas, Juan Mathé, Fred Sapey﷓Triomphe, Judi Werthein y Leandro Erlich parecen perdidos en una fiesta ajena y el constructivismo lírico de Adolfo Nigro tiene solo el color en común (celestes grisáceos, que sobreabundan en la muestra lo mismo que los azules y los lilas) con una pintura temprana de Eduardo Médici.
Un par de rescates importantes tratan de obras de la escena local. Emilio Torti, en cuyo taller María Elena Lucero completó su formación como pintora a fines de los años 80, se luce con un hermoso monstruo de esa época pintado en Rosario y retoma el mismo tema en una obra digital de su período porteño, ya en este siglo. De Fabián Marcaccio y de Daniel García se ven sendos dibujos premiados (muy) de los años 80. Hay collages y dibujos de Rubén Echagüe que honran el imaginario del dandismo o aluden al último Oscar Herrero Miranda, que está representado con una obra de la época del Grupo Litoral. De Juan Grela, que también lo integró, se ve una obra tardía. Téngase en cuenta que se ha elegido de entre las incorporaciones a la colección municipal, que parecen haber seguido un camino bastante azaroso.
El español Jesús Marcos, que dirigió la galería Praxis entre 1977 y 1980, se luce con una pintura de ese período que hoy se deja leer como alegoría visual del genocidio, aunque difícilmente haya sido esa la intención; el efectismo de su vecino Alejandro Gómez Tolosa no hace sino realzar el raro acierto. Pompeyo Audivert y José Planas Casas merecían una sala de grabado junto a Batlle Planas; pero brillan igual junto a las páginas intervenidas por Alfredo Londaibere (pese a la falta de "química") las obras pioneras realizadas en Argentina por las fotógrafas alemanas Grete Stern y Annemarie Heinrich, de reciente adquisición gracias al programa Matching Funds. Además de ellas dos, se roba la muestra el video Drum solo (2000) de Liliana Porter.

viernes, octubre 07, 2011

El pintor sobrio del barrio de La Boca

Una nota publicada en Perfil en octubre de 2009, que menciona a Mildred.

exposicion

Hasta el 29 de noviembre el Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín de la Boca exhibe una muestra que recorre la obra del artista plástico Fortunato Lacámera, destacado exponente de la Escuela de La Boca. La exposición reúne 60 obras que muestran los distintos momentos creativos en la vida del artista.

Por M.U.


En exhibición. Contraluz, 1948, es un óleo sobre madera.

La Boca es un barrio que siempre ha tenido un poderoso influjo sobre los artistas plásticos. Desde el emblemático Quinquela Martín hasta la inclasificable Mildred Burton, muchos fueron los creadores que lo eligieron como lugar en el mundo y como inspirador de su obra. Entre la larguísima lista de artistas “boquenses” destaca la figura de un hijo pródigo del barrio, Fortunato Lacámera, que nació y murió en ese laberinto de coloridos conventillos que conforma uno de los escenarios referenciales de la identidad porteña.
En estos días Lacámera está siendo objeto de una muestra-homenaje organizada conjuntamente por el Museo de Bellas Artes de la Boca, Benito Quinquela Martín, y la Fundación OSDE. Titulada Fortunato Lacámera. Itinerario hacia la esencialidad plástica, la exposición, que se extiende hasta el 29 de noviembre, reúne más de 60 obras que establecen un completo recorrido por sus distintas etapas creativas.
Pintor sobrio, que se sale de la paleta brillante característica de los artistas de La Boca, Lacámera (1887-1951) focaliza su estilo en lo sencillo, en elementos que surgen de la observación de la realidad. Plasma en sus pinturas imágenes de lo cotidiano, a las que siempre logra dotar de una poesía que lo aleja del mero registro documental, utilizando para ello una paleta de tonos bajos, abundantes claroscuros y formas sintéticas.
Desde su estudio con balcón hacia el viejo embarcadero, Lacámera retrató un mundo interior que estaba íntimamente asociado con la geografía de su barrio. Muestran esta manera de entender el arte obras como Interiores, Marinas, Paisajes urbanos y Naturalezas muertas, que conforman los puntos más altos de esta exposición que se organiza a través de momentos fundamentales de la producción de Lacámera: las primeras obras y el entorno anarquista, el final de la década del 20, su período más personal e introspectivo, el punto de inflexión en los años 30 y la influencia del novecento italiano, para finalmente centrarse en su última producción, marcada por los primeros paisajes de la rivera de Quilmes y de Isla Maciel.
Lacámera fue uno de los principales exponentes de la llamada Escuela de La Boca, un grupo de artistas que descubrió el poderoso filón pictórico que albergaba el barrio, con sus angostas calles desniveladas, las construcciones de chapa y madera siempre coloridas, los barcos y botes del puerto y sus trabajadores. Discípulo del italiano Alfredo Lazzari, que se instaló allí en 1897, y compañero de viaje de Victorica, Quinquela, Daneri y Cúnsolo. Lacámera ocupa un lugar clave en la historia del arte argentino y la impronta de su estilo se reconoce en reflexiones de la obra de artistas de generaciones posteriores, como Pablo Suárez, Fermín Eguía o Juan Pablo Renzi.


Fortunato Lacámera

Hasta el 29 de noviembre.
Museo de Bellas Artes de la Boca
Av. Pedro de Mendoza 1835.
Martes a viernes de 10 a 18. Sábados y domingos de 11 a 18.

domingo, junio 26, 2011

Un tesoro en el sótano (La Nación)

Bajo el microcentro porteño, en la Fundación Klemm, un centenar de obras espera al público

Viernes 10 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa

 
 
Un tesoro en el sótano
Vista de la sala de la Fundación Klemm, con varias obras de Andy Warhol y otros importantes artistas de su colección.  / FOTOS GENTILEZA FUNDACIÓN KLEMMVer más fotos
Por Julio Sanchez

Para LA NACION

Salís del subte, bajás a este sótano y mirá lo que te encontrás: Magritte, Dalí, Picasso, De Chirico, Jeff Koons, Nan Goldin y Robert Mapplethorpe", dice con entusiasmo Fernando Ezpeleta, gerente cultural, junto con Valeria Fiterman, de la Fundación Federico Jorge Klemm. Desde hace unas semanas, cinco de las seis salas de este "sótano" de Plaza San Martín fueron remozadas por el arquitecto Gustavo Vázquez Ocampo, que rearmó el guión curatorial y sumó color al espacio.
¿De qué colección estamos hablando? "De la de un artista -continúa Ezpeleta-. Federico compraba lo que le gustaba, lo que le apasionaba, nunca trajo algo especulando con su valor."
Efectivamente, el recordado y querido Federico había hecho de su vida una performance continua. Era notable entre sus amigos del arte que asistían a las inolvidables fiestas de cumpleaños con shows de ópera a su cargo, leopardos vivos y musculosos performers . Su popularidad dio un salto cuantitativo con su programa de televisión, sus diálogos con el intrincado crítico de arte Carlos Espartaco, tan desopilantes como agudos, y sus simpáticos "furcios" repetidos una y otra vez en los informes televisivos.
Klemm recibió su primera obra de manos de Rosita, su venerada madre, quien le llevó una obra de Ernesto Deira para reconfortar los días de un Federico niño y convaleciente. De ahí en más, siguiendo la tradición de una familia centroeuropea cultivada y económicamente sólida, Federico no paró de comprar como un verdadero mecenas. Es decir, pagando un precio justo y sin presionar con el prestigio de su colección. Después de su muerte, en 2002, el acervo siguió creciendo con un premio adquisición por año.
¿Cuál es el guión diseñado por Vázquez Ocampo? Ante todo, cada sala tiene una pared o dos pintadas de un color potente, surgido a partir del color dominante de una obra; el resto de las paredes son blancas. La primera sala está dedicada a los retratos que Klemm le encargó al grupo Mondongo, Silvina Benguria, Rómulo Macció, Delia Cancela, Mildred Burton, las fotos de Humberto Rivas y Marcos López, y un autorretrato de Federico.
La segunda sala tiene obras surrealistas y de vanguardias históricas: Giorgio De Chirico, René Magritte, Salvador Dalí, Yves Tanguy, Pablo Picasso, Roberto Aizenberg. En el siguiente espacio se destacan maestros argentinos de la neofiguración: Antonio Berni, una escultura notable de Libero Badii y artistas internacionales como Willem de Kooning.
El estallido pop, equilibrado por una pared gris, copa la sala siguiente; hay obras de Andy Warhol (varias, ya que Federico lo consideraba su ídolo), Roy Lichtenstein y Tom Wesselmann; del nouveau realism francés están Arman e Yves Klein. Los destacados: una pareja desnuda y acostada del hiperrealista John de Andrea y un traje de fieltro de Joseph Beuys. El rojo de las fotos de Andrés Serrano domina el espacio siguiente, dedicado a la fotografía: Robert Mapplethorpe (ediciones vintage y firmadas por su autor), Nan Goldin, Richard Avedon, Man Ray y Oscar Bony, entre otros.
Por último, donde antes estaban las fotos de Federico hay pinturas de Guillermo Kuitca (raro autorretrato de cuando tenía 26 años), una escultura de Pablo Suárez (un perrito descansando en una caja de cartón); un Basquiat, dos fotos de Pierre et Gilles, una escultura de acero de Jeff Koons y obras de los representantes de la transvanguardia italiana -como Carlo Maria Mariani y Sandro Chia- que lideró en los años ochenta el crítico Achille Bonito Oliva, autor de El banquete telemático de la pintura , ensayo sobre la obra de Federico.
Hay un centenar de obras colgadas aquí. La entrada es libre y gratuita, al igual que los dos seminarios anuales que se dictan sobre temas de arte contemporáneo.
Ficha. Obras de la colección de la Fundación Klemm (Marcelo T. de Alvear 626), hasta fin de año.