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jueves, mayo 10, 2012

La familia del sentenciado (Museo Nac. de Bellas Artes)

Mildred Burton
La familia del sentenciado
Acrílico sobre cartón, 68 x 50, 48,5 x 38, 68,5 x 58 cm.
Museo Nacional de Bellas Artes.

La figuración de los años setenta 

“Los años setenta testimoniaron desde el comienzo un clima político turbulento: el regreso de Juan D. Perón entre dos dictaduras militares, guerrillas, represión y terrorismo de Estado. Muchos intelectuales y artistas argentinos se exiliaron y otros continuaron su trabajo en el país de manera silenciosa y resistente.

La perspectiva de este período ha cambiado de manera sucesiva con dinamismo (…) De una visión de arrasamiento, de generación diezmada, de campo cultural fracturado por los acontecimientos históricos, se ha pasado en los últimos años a una valoración específica de la producción de algunos artistas visuales al punto de haberse convertido en hitos paradigmáticos”, escribió Mercedes Casanegra.

En la misma década en que se afianza el conceptualismo, algunos artistas optan por la figuración para abordar el tema de los distintos tipos de violencia que atravesaron la experiencia vital de aquellos años.

Las sensaciones de desconcierto en los retratos de La familia del sentenciado, de Mildred Burton, y de extrañamiento en Juego interrumpido, de Guillermo Roux; el “autoexilio” en El día de la primera comunión, de Juan Pablo Renzi; los climas, amenazante en Pintura, de Fermín Eguía, y opresivo en Figura sentada, de Héctor Giuffré; la censura en los Amordazamientos de Alberto Heredia; la tortura en El mudo, de Juan Carlos Distéfano, y la turbación visceral en la obra de Norberto Gómez.

Vinculadas a situaciones concretas de la historia argentina reciente, estas obras promueven, explícita o sutilmente, experiencias estéticas del horror y convocan a la memoria de un tiempo intensamente atroz.

martes, febrero 07, 2012

Glusberg en positivo

MARTES, 7 DE FEBRERO DE 2012
OPINION


 Por Luis Felipe Noé
Un hombre público es siempre un hombre expuesto a todo tipo de crítica, pero, si además es un hacedor y proclive a decisiones determinantes, es un candidato seguro a ganarse amigos, admiradores y grandes enemigos.
En la Argentina, en el campo del arte no ha habido muchos hombres públicos que merezcan este nombre de manera categórica, pero con seguridad, se puede decir que Jorge Romero Brest y Jorge Glusberg –ambos ex directores del Museo Nacional de Bellas Artes– lo fueron. Por algo este último, que falleció el 2 de este mes, tenía como modelo al primero. Los dos hicieron del museo un organismo vivo y abierto a los artistas argentinos contemporáneos. Entre la dirección de uno y el otro, en cambio, hubo un paréntesis en el que ningún artista argentino que no hubiese fallecido podía exponer, amparándose en un reglamento inexistente. Por suerte, luego de la dirección de Glusberg, se continúa esta nueva tradición de exponer a los artistas contemporáneos. Sin embargo, había dos aspectos notoriamente diferentes entre uno y otro: Romero Brest era un didacta y un animador cultural; Jorge Glusberg fue un organizador nato de cuanto se le ocurriese hacer. Su doble personalidad de apasionado por la cuestión artística y particularmente por la arquitectura y su inteligencia comercial lo llevaron por un lado a crear una empresa de iluminación (Modulor), y por el otro, a fundar el Centro de Arte y Comunicación (CAYC). Esta institución, en las décadas de ’70 y ’80, fue un caldero de vanguardia como lo había sido el Di Tella en los años ’60, aunque naturalmente porque comprendía menos aspectos y tenía menos local, de manera un tanto más modesta que esta última. Le tocó vivir otros tiempos en el que ya no se creía en el desarrollismo y el presente era las dictaduras militares. Pero, he de notar que el CAYC nace en 1968 y el Instituto Di Tella, ubicado en la calle Florida, cierra en el año ’69. Fue una manera de decir que el espíritu de vanguardia nos seguía a pesar de las botas militares.
Allí nació el primer grupo de artistas conceptuales de la Argentina (grupo CAYC), que mereció el premio de honor Itamaratí de la XIV Bienal de San Pablo en 1977. Es así que en 1995 Glusberg recibe la medalla de oro de la muestra 30º Aniversario de la ONU en Yugoslavia y es designado codirector del Departamento de Arte de la Universidad de Nueva York.
Comenzaba así un reconocimiento como crítico de arte y autor de numerosos libros: entre otros, Mitos y magias del fuego, Del pop art a la nueva imagen, Orígenes de la modernidad, Moderno-posmoderno. Esta actividad lo llevó a ser presidente de la sección argentina de la Asociación Internacional de Críticos de Arte y corresponsal de numerosas revistas extranjeras, asimismo fue distinguido con las Palmas académicas (Francia 1986).
Desde el CAYC organizó numerosos encuentros internacionales de críticos de arte y también de arquitectura. Actividades que prolongó desde que fuera designado por concurso director del Museo de Bellas Artes (1994-2003). En ese cargo creó la Bienal Internacional de Arte, que tuvo lugar en los años 2001 y 2003, las que se expusieron no sólo en Buenos Aires, sino también en Córdoba y Neuquén, ciudades en las que había creado una delegación del museo. Continúa aún la de Neuquén.

Pero su carácter y sus decisiones, que dejaba a muchos relegados, llevaron a éstos a la calumnia y al odio, y hasta provocaron un programa de televisión infame, buscando su renuncia. Más aún, fraguaron el robo de las manos de Rodin, las que aparecieron mágicamente después, cuando “el golpe de Estado” había fracasado. Sin embargo, tuvo que enfrentar juicios de los cuales con los años salió “ileso”. Pero al final los enemigos consiguieron lo que buscaban, aunque él continuó su trabajo con el CAYC como sello, concentrándose particularmente en la arquitectura. Venía desde años haciendo la bienal de esta disciplina. Gracias a él vinieron a la Argentina arquitectos del nivel de Norman Foster, Richard Meier, Zaha Hadid, Jean Nouvel y Richard Rogers, entre otros. Y promovió la arquitectura argentina a tal punto que el gran arquitecto Mario Roberto Alvarez dijese: “Si Jorge Glusberg no hubiese existido, lo tendríamos que haber inventado”.

Para leer la nota en la versión digital del diario, hacer click aquí

jueves, enero 26, 2012

De azares, sueños y las ficciones

Martes 24 de enero de 2012

CULTURA / ESPECTACULOS › ARTISTAS DE LA DECADA DEL 20 HASTA EL SIGLO XXI EN EL CASTAGNINO.

Hasta el 27 de mayo en la planta baja del museo de Oroño y Pellegrini, se puede ver esta inquietante muestra colectiva que revisa las manifestaciones regionales y locales de tendencias poco revisitadas de la producción artística.


Por Beatriz Vignoli

Obras en todas las disciplinas de casi 50 artistas, en un recorte temporal que abarca desde la década del '20 del siglo XX hasta comienzos del XXI, pueden verse desde el 16 de diciembre hasta el 27 de mayo en la planta baja del Museo Castagnino (Bv. Oroño y Av. Pellegrini), institución que convocó a María Elena Lucero como curadora de una selección de la colección Castagnino Macro, sesgada por su mirada particular. El resultado es una inquietante muestra colectiva titulada De azares, sueños y ficciones, que revisa las manifestaciones regionales y locales de tendencias poco revisitadas de la producción artística moderna del siglo XX: aquellas que, aun manteniendo el rigor compositivo y formal de la época, se apartaron del racionalismo que prevalecía en el arte moderno y en cambio expresaron las subjetividades, incluidas las fantasías surgidas de reelaboraciones modernas de mitos y leyendas de la región. Todas las obras expuestas pertenecen a la colección Castagnino﷓Macro y en las cartelas se cuenta cómo y cuando ingresaron a la colección, ya sea a través de premios adquisición, programas de adquisición o donaciones de coleccionistas o de artistas. Vale la pena detenerse en estos datos, que permiten saber de los mecenas locales y de la prontitud con que incorporan las novedades artísticas al patrimonio de la ciudad.


Rubén Echagüe, La lección de anatomía. Grafito sobre papel.




María Elena Lucero es doctora en Humanidades y Artes, mención Bellas Artes, por la Universidad Nacional de Rosario, de cuya Escuela de Bellas Artes es directora desde el año pasado. Es además docente titular del Seminario de Arte Latinoamericano (UNR), dirige el Centro de Investigaciones y Estudios en Teoría Poscolonial y co dirige el Centro de Estudios Teórico﷓Críticos sobre Arte y Cultura en Latinoamérica (UNR). La selección de obras y la organización del trayecto visual en cuatro núcleos o secciones tuvo como colaboradoras, convocadas por Lucero dentro de la Escuela de Bellas Artes de la Facultad de Humanidades y Artes (UNR), a Virginia Gallizio y Elisabet Veliscek ("Atmósferas metafísicas"), Jaquelina Calamari y Laura Inés Catelli ("Ensoñaciones"), Nora Brossa y Mayra Gobbi ("Extrañeza y fascinación"), y Virginia Baronetti y María Florencia Llarrull ("Otras ficciones"). Lucero define estas cuatro categorías en su texto, que conviene leer antes de visitar la muestra y que puede consultarse en http://www.museocastagnino.org.ar/archivos/guion_lucero.pdf.
Surrealismo, pintura metafísica, expresionismos diversos configuran el lado B de los modernismos: los "contramodernismos", como escribe Hal Foster en Belleza Compulsiva. Y hoy, además, "regionalismo" ya no es mala palabra. Lucero lleva años investigando los modernismos latinoamericanos y en su marco teórico retoma el concepto de "itinerario" de la investigadora Diana Weschler, quien relee la historia del arte latinoamericano como mucho más que una copia de los modelos europeos. Territorios de diálogo, España, México, Argentina 1930﷓1945 (Entre los realismos y lo surreal) es un trabajo clave de Wexler en este contexto, que Lucero desarrolla con claridad; pero los textos de sus colaboradoras, si bien se hallan impresos a disposición del público, son de lectura mucho más difícil y oscura.
Una frase muy citada de Walter Benjamin en sus Tesis para una filosofía de la historia dice que la historia es una construcción cuyo punto de partida es el presente. La frase viene a la mente ante la primera sala, Atmósferas metafísicas, donde cuidadas composiciones de los pintores Emilio Centurión, Hugo Ottmann, Raquel Forner, Juan Berlengieri, Antonio Berni y Lino Enea Spilimbergo y del grabador Juan Batlle Planas, realizadas entre 1934 y 1959, se codean con una pintura de Jorge Di Ciervo de 1994. La lectura curatorial "metafísica" de la presencia recurrente de cabezas de yeso en muchas de estas obras está quizá sesgada por la cultura visual contemporánea, producto de una industria cultural que reprodujo las obras de Carrá y De Chirico a través de libros ilustrados; no hay forma de saber si Forner, Berni o Spilimbergo (antecedentes del surrealismo en Argentina, según investiga Guillermo Fantoni en un trabajo publicado en 1993) no estaban haciendo un mero "ejercicio plástico". Los críticos de aquella época tenían lecturas muy diferentes, formalistas, de estas obras.
"¿Dialogan realmente las épocas? ¿O es de ciencia ficción imaginarse puentes entre un suburbio al óleo de Leónidas Gambartes de 1944 y una foto desenfocada del Pont Neuf por Dino Bruzzone fechada en 1997" ¿Hay una verdadera conexión entre El calvario verde (1955) de Aquiles Badi y el Cementerio de ciervos (2008) de Arturo Aguiar" Sí las hay entre las naturalezas muertas de dos pintores de la escuela de La Boca, Eugenio Daneri y Fortunato Lacámera; también comparten una estructura de sentimiento neoexpresionista en común las pinturas gestuales de comienzos de los 80 por Juan Del Prete y por Leopoldo Presas, y se nota tras el barniz amarillento el parentesco entre dos obras matéricas informalistas surrealizantes de los años 60: una de Nicolás García Uriburu (antes de que pintara las aguas de verde) y otra de Antonio Seguí (antes de sus famosos hombrecitos de sombrero). De Guillermo Roux hay sorprendentes dibujos de los dos períodos; los más tempranos recuerdan a los collages de Max Ernst, y el más tardío dialogaría bien con ciertas pinturas de Juan Pablo Renzi.
Ernesto Deira y Miguel Dávila, de la Nueva Figuración, no parecen tener mucho que decirse con Miguel Harte, del Rojas, o con contemporáneos como Iván Calmet, Marula Di Como, Flavia Da Rin y la siempre revulsiva rosarina Nicola Costantino. Sí se hubieran entendido mejor con la abstracción antropomórfica de Aldo Paparella, más que con una Mildred Burton coyuntural cosecha 2001 o con una maja de Ramón Teves. Silvia Rivas, Juan Mathé, Fred Sapey﷓Triomphe, Judi Werthein y Leandro Erlich parecen perdidos en una fiesta ajena y el constructivismo lírico de Adolfo Nigro tiene solo el color en común (celestes grisáceos, que sobreabundan en la muestra lo mismo que los azules y los lilas) con una pintura temprana de Eduardo Médici.
Un par de rescates importantes tratan de obras de la escena local. Emilio Torti, en cuyo taller María Elena Lucero completó su formación como pintora a fines de los años 80, se luce con un hermoso monstruo de esa época pintado en Rosario y retoma el mismo tema en una obra digital de su período porteño, ya en este siglo. De Fabián Marcaccio y de Daniel García se ven sendos dibujos premiados (muy) de los años 80. Hay collages y dibujos de Rubén Echagüe que honran el imaginario del dandismo o aluden al último Oscar Herrero Miranda, que está representado con una obra de la época del Grupo Litoral. De Juan Grela, que también lo integró, se ve una obra tardía. Téngase en cuenta que se ha elegido de entre las incorporaciones a la colección municipal, que parecen haber seguido un camino bastante azaroso.
El español Jesús Marcos, que dirigió la galería Praxis entre 1977 y 1980, se luce con una pintura de ese período que hoy se deja leer como alegoría visual del genocidio, aunque difícilmente haya sido esa la intención; el efectismo de su vecino Alejandro Gómez Tolosa no hace sino realzar el raro acierto. Pompeyo Audivert y José Planas Casas merecían una sala de grabado junto a Batlle Planas; pero brillan igual junto a las páginas intervenidas por Alfredo Londaibere (pese a la falta de "química") las obras pioneras realizadas en Argentina por las fotógrafas alemanas Grete Stern y Annemarie Heinrich, de reciente adquisición gracias al programa Matching Funds. Además de ellas dos, se roba la muestra el video Drum solo (2000) de Liliana Porter.

viernes, octubre 07, 2011

El pintor sobrio del barrio de La Boca

Una nota publicada en Perfil en octubre de 2009, que menciona a Mildred.

exposicion

Hasta el 29 de noviembre el Museo de Bellas Artes Benito Quinquela Martín de la Boca exhibe una muestra que recorre la obra del artista plástico Fortunato Lacámera, destacado exponente de la Escuela de La Boca. La exposición reúne 60 obras que muestran los distintos momentos creativos en la vida del artista.

Por M.U.


En exhibición. Contraluz, 1948, es un óleo sobre madera.

La Boca es un barrio que siempre ha tenido un poderoso influjo sobre los artistas plásticos. Desde el emblemático Quinquela Martín hasta la inclasificable Mildred Burton, muchos fueron los creadores que lo eligieron como lugar en el mundo y como inspirador de su obra. Entre la larguísima lista de artistas “boquenses” destaca la figura de un hijo pródigo del barrio, Fortunato Lacámera, que nació y murió en ese laberinto de coloridos conventillos que conforma uno de los escenarios referenciales de la identidad porteña.
En estos días Lacámera está siendo objeto de una muestra-homenaje organizada conjuntamente por el Museo de Bellas Artes de la Boca, Benito Quinquela Martín, y la Fundación OSDE. Titulada Fortunato Lacámera. Itinerario hacia la esencialidad plástica, la exposición, que se extiende hasta el 29 de noviembre, reúne más de 60 obras que establecen un completo recorrido por sus distintas etapas creativas.
Pintor sobrio, que se sale de la paleta brillante característica de los artistas de La Boca, Lacámera (1887-1951) focaliza su estilo en lo sencillo, en elementos que surgen de la observación de la realidad. Plasma en sus pinturas imágenes de lo cotidiano, a las que siempre logra dotar de una poesía que lo aleja del mero registro documental, utilizando para ello una paleta de tonos bajos, abundantes claroscuros y formas sintéticas.
Desde su estudio con balcón hacia el viejo embarcadero, Lacámera retrató un mundo interior que estaba íntimamente asociado con la geografía de su barrio. Muestran esta manera de entender el arte obras como Interiores, Marinas, Paisajes urbanos y Naturalezas muertas, que conforman los puntos más altos de esta exposición que se organiza a través de momentos fundamentales de la producción de Lacámera: las primeras obras y el entorno anarquista, el final de la década del 20, su período más personal e introspectivo, el punto de inflexión en los años 30 y la influencia del novecento italiano, para finalmente centrarse en su última producción, marcada por los primeros paisajes de la rivera de Quilmes y de Isla Maciel.
Lacámera fue uno de los principales exponentes de la llamada Escuela de La Boca, un grupo de artistas que descubrió el poderoso filón pictórico que albergaba el barrio, con sus angostas calles desniveladas, las construcciones de chapa y madera siempre coloridas, los barcos y botes del puerto y sus trabajadores. Discípulo del italiano Alfredo Lazzari, que se instaló allí en 1897, y compañero de viaje de Victorica, Quinquela, Daneri y Cúnsolo. Lacámera ocupa un lugar clave en la historia del arte argentino y la impronta de su estilo se reconoce en reflexiones de la obra de artistas de generaciones posteriores, como Pablo Suárez, Fermín Eguía o Juan Pablo Renzi.


Fortunato Lacámera

Hasta el 29 de noviembre.
Museo de Bellas Artes de la Boca
Av. Pedro de Mendoza 1835.
Martes a viernes de 10 a 18. Sábados y domingos de 11 a 18.

domingo, junio 26, 2011

Un tesoro en el sótano (La Nación)

Bajo el microcentro porteño, en la Fundación Klemm, un centenar de obras espera al público

Viernes 10 de junio de 2011 | Publicado en edición impresa

 
 
Un tesoro en el sótano
Vista de la sala de la Fundación Klemm, con varias obras de Andy Warhol y otros importantes artistas de su colección.  / FOTOS GENTILEZA FUNDACIÓN KLEMMVer más fotos
Por Julio Sanchez

Para LA NACION

Salís del subte, bajás a este sótano y mirá lo que te encontrás: Magritte, Dalí, Picasso, De Chirico, Jeff Koons, Nan Goldin y Robert Mapplethorpe", dice con entusiasmo Fernando Ezpeleta, gerente cultural, junto con Valeria Fiterman, de la Fundación Federico Jorge Klemm. Desde hace unas semanas, cinco de las seis salas de este "sótano" de Plaza San Martín fueron remozadas por el arquitecto Gustavo Vázquez Ocampo, que rearmó el guión curatorial y sumó color al espacio.
¿De qué colección estamos hablando? "De la de un artista -continúa Ezpeleta-. Federico compraba lo que le gustaba, lo que le apasionaba, nunca trajo algo especulando con su valor."
Efectivamente, el recordado y querido Federico había hecho de su vida una performance continua. Era notable entre sus amigos del arte que asistían a las inolvidables fiestas de cumpleaños con shows de ópera a su cargo, leopardos vivos y musculosos performers . Su popularidad dio un salto cuantitativo con su programa de televisión, sus diálogos con el intrincado crítico de arte Carlos Espartaco, tan desopilantes como agudos, y sus simpáticos "furcios" repetidos una y otra vez en los informes televisivos.
Klemm recibió su primera obra de manos de Rosita, su venerada madre, quien le llevó una obra de Ernesto Deira para reconfortar los días de un Federico niño y convaleciente. De ahí en más, siguiendo la tradición de una familia centroeuropea cultivada y económicamente sólida, Federico no paró de comprar como un verdadero mecenas. Es decir, pagando un precio justo y sin presionar con el prestigio de su colección. Después de su muerte, en 2002, el acervo siguió creciendo con un premio adquisición por año.
¿Cuál es el guión diseñado por Vázquez Ocampo? Ante todo, cada sala tiene una pared o dos pintadas de un color potente, surgido a partir del color dominante de una obra; el resto de las paredes son blancas. La primera sala está dedicada a los retratos que Klemm le encargó al grupo Mondongo, Silvina Benguria, Rómulo Macció, Delia Cancela, Mildred Burton, las fotos de Humberto Rivas y Marcos López, y un autorretrato de Federico.
La segunda sala tiene obras surrealistas y de vanguardias históricas: Giorgio De Chirico, René Magritte, Salvador Dalí, Yves Tanguy, Pablo Picasso, Roberto Aizenberg. En el siguiente espacio se destacan maestros argentinos de la neofiguración: Antonio Berni, una escultura notable de Libero Badii y artistas internacionales como Willem de Kooning.
El estallido pop, equilibrado por una pared gris, copa la sala siguiente; hay obras de Andy Warhol (varias, ya que Federico lo consideraba su ídolo), Roy Lichtenstein y Tom Wesselmann; del nouveau realism francés están Arman e Yves Klein. Los destacados: una pareja desnuda y acostada del hiperrealista John de Andrea y un traje de fieltro de Joseph Beuys. El rojo de las fotos de Andrés Serrano domina el espacio siguiente, dedicado a la fotografía: Robert Mapplethorpe (ediciones vintage y firmadas por su autor), Nan Goldin, Richard Avedon, Man Ray y Oscar Bony, entre otros.
Por último, donde antes estaban las fotos de Federico hay pinturas de Guillermo Kuitca (raro autorretrato de cuando tenía 26 años), una escultura de Pablo Suárez (un perrito descansando en una caja de cartón); un Basquiat, dos fotos de Pierre et Gilles, una escultura de acero de Jeff Koons y obras de los representantes de la transvanguardia italiana -como Carlo Maria Mariani y Sandro Chia- que lideró en los años ochenta el crítico Achille Bonito Oliva, autor de El banquete telemático de la pintura , ensayo sobre la obra de Federico.
Hay un centenar de obras colgadas aquí. La entrada es libre y gratuita, al igual que los dos seminarios anuales que se dictan sobre temas de arte contemporáneo.
Ficha. Obras de la colección de la Fundación Klemm (Marcelo T. de Alvear 626), hasta fin de año.

miércoles, abril 06, 2011

Interesante mención a Mildred Burton

En el marco del Homenaje al pensamiento y al compromiso nacional, el filósofo Tomás Abraham publica sus impresiones al respecto de la muestra en el Diario Perfil y, cuanto menos, resultan curiosas. Y en medio de sus opiniones, menciona a Mildred Burton, junto a una pareja de nombres bien interesantes. Para entretenerse:

Domingo 27 de marzo de 2011

Política

El filósofo Tomas Abraham fue al Palais de Glace

Muestra peronista: disparen sobre el gorila

Imperdible recorrido por una virtual kermés oficial pomposamente titulada Homenaje al pensamiento y al compromiso nacional. Falsos mitos, decadencia e impostación berreta.

Por Tomás Abraham


El martes a las 16 hs, con 34 grados de sensación térmica, fui al Palais de Glace a la muestra Homenaje al pensamiento y al compromiso nacional. Es una idea de Enrique Albistur con la coordinación de Julieta Albistur y la asesoría de Pacho O’Donnell, Norberto Galasso y Jorge Coscia. Me habían dicho que era una muestra que evocaba a la cultura de Berlín de los años 30. Epoca pujante y rica en novedades artísticas, científicas y filosóficas, además de sorprendentes cambios políticos. La gente se asusta rápido.
Fui predispuesto a tomar distancia respecto de cierta “sensación” de fascismo que repercute últimamente en espíritus liberales. Me hablaron con espanto de un juego en el que se debía dispararle a un gorila. Fue lo mejor. Le arrojé diez veces una pelota al pecho del gorila y le emboqué ocho. Una perfomance envidiable hasta para un Guillermo Tell. Debo admitir que el objetivo estaba dispuesto para tiradores inexpertos.
Terrible y frustrante hubiera sido que el gorila alejado y convertido en un blanco móvil sorteara los disparos del pueblo argentino. Cada vez que le daba en el pecho salía de la pantalla un “AHHH” rojo, teñido de sangre, que certificaba mi puntería, expresaba el dolor del gorila y marcaba una cifra que, al irme, daba el resonante número 10.135. Deduzco que ya somos una decena de miles los que reventamos al gorila.
Podemos estar seguros de que, para esta muestra futurista, la idea de los responsables de este invento del pensamiento nacional era poner a Lilita Carrió en el prometedor espacio ocupado por el simio. Hubiera sido un golazo patriótico, pero sin duda era un riesgo inoportuno en momentos en que los medios monopólicos al servicio del neoliberalismo están al acecho del mínimo gesto del Gobierno para ensuciarlo ante la opinión pública.
Lamentablemente, el ambiente de kermés se limitó a ese jueguito. Puedo sumarle la gentileza de un par de señoritas que me ofrecieron unos anteojos para ingresar a una salita en la que podía apreciar el abrazo de Néstor y Cristina en 3D. No había nadie. Estaba solo. En realidad vi a una señora que daba vueltas por los cien afiches de la muestra. No hay mucho más en el convite. Se le suman un par de pantallas de televisión con documentos de Discépolo y otros, imágenes de Oesterheld y Carpani, palabras de Héctor Larrea, el anuncio de conferencias y películas que honran la memoria de Paco Urondo, Rodolfo Walsh, el padre Mugica y Ramón Carrillo.
Pero el evento tiene otro propósito. No se trata de mostrar una vez más lo que ya se vio innumerables veces sin sentido crítico y con una glosolalia resentida y oportunista, sino una invitación para coronar a Néstor y Cristina Kirchner como herederos y jefes de lo que bautizaron como pensamiento nacional, pensadores nacionales, luchadores nacionales, artistas nacionales, y de los que “concretaron su sueño”: Evita (1919-1952), Juan Domingo Perón (1895-1974) y Néstor Kirchner (1950-2010). No agregaron a Enrique Albistur porque es obvio que hace unos años que concreta sus sueños.
Yo no soy un pensador nacional, soy meramente argentino. Y por algún defecto que tengo –quizás un exceso de pelo en el pecho, pies que se parecen a mis manos y una afición a comer bananas mientras rujo y salto descontrolado en mi casa cuando la comida está fría–, de hacer una muestra cultural vernácula, se me habrían ocurrido presentar otros gloriosos nombres. De argentinos no nacionales como David Viñas, Martínez Estrada, Roberto Arlt, Fernando Fader, Astor Piazzola, Mildred Burton, Borges, Masotta, Halperín Donghi, Abelardo Castillo, Atahualpa Yupanqui, María Elena Walsh, César Aira, y otros creadores no nacionales y sí argentinos que admiro.
Esto no significa que no lea a Scalabrini, a Jauretche, a Puigrós y Abelardo Ramos. Los leo como también a Milcíades Peña, al padre Castellani, al padre Hernán Benitez, Ignacio Anzoátegui y Hugo Wast. El problema no son ellos, son éstos. El problema no son los de antes sino los de ahora. No los homenajeados sino los que homenajean. Un problema sin duda transitorio, ya que no creemos que serán objeto de honores similares por defender ellos también a la patria.

Gran DT. Hay una gran foto impresa en cartón con un equipo de fútbol con la camiseta argentina. Está formado por: Discépolo, Rodolfo Walsh, Perón, J.M. Rosa, Jauretche, Mugica, El Kadri, Ortega Peña, Urondo, Cooke y Néstor.
Me encanta el fútbol y armar equipos. Hace años escribí una nota en la que elegía un equipo con un planteo táctico 3-3-2-2. En el arco, John Casavettes o Alfredo Zitarrosa. Las líneas de tres: Fader, Monet y Turner; Nietzsche, R. Wagner y Artaud. Enganches: Mildred Burton y Foucault. María Callas y Fernando Pessoa de puntas. En el banco, Amalia Rodríguez, W. Gombrowicz, Bruno Schulz y Aristóteles. Para las giras, el jefe de la delegación era Bob Dylan. Director técnico: Francis Ford Coppola. Ayudante de campo: Federico Fellini. Preparador Físico: Woody Allen. Médico: Louis Ferdinand Céline. Kinesiólogo: Peter Sellers. Utilero: Jorge Luis Borges. Encargado de prensa: D.F. Sarmiento. Masajista: Ava Gardner. Intérprete de la masajista: Tomás Abraham.

Era un gran equipo. Hace más años aún, en la revista Babel, ante una requisitoria de escribir una prestigiosa nota sobre la cultura vienesa, propuse un equipo de temer bajo la dirección del entonces DT de la selección nacional, Carlos Salvador Bilardo. Un 4-4-2: Wittgenstein en el arco; Kokoschka, Berg, Schumpeter y Musil; Krauss, Zweig, Klimt y Otto Wagner; Freud con Herzl en la delantera. El ayudante de campo era un tal Adolfo del que me olvidé el apellido, pero no era Rodríguez Saá.
En fin, no hay como jugar a las figuritas para colaborar con el pensamiento nacional.
La idea de la muestra, de ésta y de las que armarán con todos los auspicios oficiales que haya, hoy gracias a Albistur, mañana gracias a Jaime, pasado mañana Moreno, pasado pasado por el mecenazgo de otro ser generoso, es la siguiente: el pensamiento nacional y los luchadores nacionales se jugaron la vida y el destino en la década del 70, cuando Albistur y compañeros eran jóvenes maravillosos.
Esta etapa de liberación nacional y popular fue abortada por el golpe militar genocida de 1976. No pudo renacer ni irrumpir en la escena nacional por culpa del europeísmo socialdemócrata del alfonsinismo. Cuando parecía despertarse ante la nueva aurora, gracias a los carapintadas primero y al Facundo emponchado y empatillado del ’89, el caudillo traiciona a la patria y la vende al neoliberalismo.
La lucha continúa. El vacío delarruista da por terminadas esas ínfulas socialdemócratas y, tras una serie de cabildeos, llega un salvador de la patria. Néstor, así nomás, un solo nombre, y Cristina, su abnegada compañera.
Néstor y Cristina son ungidos como los nuevos perones y evitas. Los demás son unos gorilas, cipayos, neoliberales, menemistas, nuevas derechas, procesistas. Y esto recién comienza. Es una oportunidad histórica. Toda una gesta nacional viene preparando el momento. ¿Será de liberación? ¿De quién? ¿De los chinos? ¿De Clarín? ¿De Macri? ¿De la Mesa de Enlace? ¿De Falcioni?
Nobel. Ustedes conocen al premio Nobel de Literatura, el anglohindocaribeño V.S. Naipaul. Es un gran escritor. Lástima que no lo invitaron a la Feria del Libro. Me imagino las cartas de protesta que hubiera motivado de parte de los defensores del modelo de embrutecimiento inclusivo. Y es un viajero. Escribió, además de sus novelas, libros sobre la India, los países musulmanes, sobre su recorrido por países africanos. Vino tres veces a la Argentina: en el ’72, el ’74 y el ’77. Tenía un gran amor “en” más que “por” esta tierra, una mujer que fue su amante argentina durante décadas. Sus observaciones fueron publicadas en su libro The return of Eva Perón. Habla de los autos asesinos al referirse a los Falcon. De la barbarie argentina.
En una nota escrita en La Nación por Rodolfo Rabanal a propósito del escritor recientemente premiado, cita a Naipaul: “Hace unos treinta años –dijo en Estocolmo cuando llegaba para recibir el máximo galardón literario– visité la Argentina. Era la época de la guerrilla. La gente esperaba que el viejo dictador Juan Domingo Perón volviera del exilio. El país estaba lleno de odio. Los peronistas aguardaban el retorno del líder para cobrarse viejas cuentas. Uno de ellos me dijo: ‘Hay una tortura buena y otra mala. La buena tortura es la que se aplica a los enemigos del pueblo; la mala es la que los enemigos del pueblo le aplican a uno’”. Sigue Naipaul: “No pude asistir a ningún debate verdadero, sólo había pasión y jerga política, una jerga mayormente importada de Europa. La jerga transforma la realidad en abstracción y, donde ella se impone, la gente se queda sin causas y entonces sólo existen los enemigos. Todavía hoy las pasiones prevalecen en la Argentina, aniquilando toda razón y estropeando la vida de personas, sin que ninguna solución aparezca a la vista”.
Esta nota se publicó el 20 de diciembre de 2001, en momentos en que el país explotaba una vez más. Han pasado diez años. La jerga continúa. Naipaul decía que le asombraba que en las puertas del cementerio de la Recoleta hubiera un par de hoteles alojamiento. Le parecía una vecindad curiosa.
También lo irritaba escuchar con frecuencia “se la metí bien en el culo” como canto de victoria. Lo dice con candor, ya que la sodomía es parte de los confesados encantos de su práctica erótica (de acuerdo a la biografía autorizada de Patrick French, The World is what it is), pero no soporta la “arrogancia” de la sodomía nacional. Una cosa es sodomizar y otra estar orgulloso de haber sodomizado.

Mitos. La gente de la cultura oficial difunde la idea de que los pueblos necesitan un mito. El que ahora se elabora es éste que unge a Néstor y Cristina como nuevos jefes espirituales de la nación. Esta muestra, pobre, aburrida, gris, mortuoria, vengativa, pecaminosa, es parte del intento de participar del relato mítico que legitime esta nueva fase de liberación.
Estamos acostumbrados a los mitos de fundación. El punto cero regenerativo es un lugar común repetido luego de cada una de las crisis nacionales. Pero estos mitos no son mitos, son sofismas culturosos para autocomplacerse en una lucha ficticia pero con efectos reales, nefastos.
Hacerle la guerra a Mitre, Roca, Sarmiento y Rivadavia en nombre de Néstor y Cristina es una bufonada. El relato puritano y maniqueo de la historia es para uso de dictaduras y sus comisarios culturales. A muchos de estos nuevos pensadores que evocan a los antiguos pensadores les encantaría una nueva tiranía, si es para el pueblo. Claro, para el pueblo de ellos. Es lo mismo de siempre. Lo de hace 35 años pero gastado, farsesco, inútil, berreta.
El desafío de la Argentina no es éste. Es el hambre. La falta de vivienda. La salud ausente. La gente dependiendo de dádivas. La marginalidad creciente. La violencia cotidiana. El narcotráfico. El atraso tecnológico. La corrupción sistémica. La juventud fuera del circuito educativo y laboral. La adolescencia sin instrucción. Los ejércitos privados. El arrasamiento salvaje de nuestros recursos naturales. La demolición de toda autoridad que no se presente como poder intimidatorio. ¿Sigo? Es decir, la sociedad.
Pero no les alcanza, quieren patria, y para eso necesitan traidores. Quien consiga un nuevo traidor es bienvenido. Esta no es una voluntad revolucionaria, lo fue en otras épocas, y para mal. Esto es reacción. La típica y auténtica derecha. La que se escuda detrás del clamor nacional contra lo “neocolonial”. Atraso. Decadencia. Impostación. Uso de los muertos para cubrir mediocridades de unos cuantos vivos.

miércoles, octubre 06, 2010

Las inquietantes fotopinturas de Klemm

CULTURA / ESPECTACULOS › "EL BANQUETE TELEMATICO DE LA PINTURA" EN EL CASTAGANINO + MACRO DE ROSARIO


 Por Beatriz Vignoli

Inquietante: así es la muestra de Federico Klemm que hasta fin de mes puede visitarse en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Oroño y el río). Es mucho más desestabilizadora aún que la hermosa galería de retratos o conmovedora elegía barroca en imágenes que es la sala central del Castagnino (Oroño y Pellegrini). Es una producción local, realizada en colaboración con co-curadores de Buenos Aires y aportes de material de la Fundación Klemm.
En el Castagnino se puede ver a un Klemm modelo y musa, ofrendándose a la contemplación de toda una corte de artistas amigos, luchando contra la tiranía del tiempo hasta el último aliento y conservando hasta el fin, si no su deslumbrante belleza juvenil, al menos una inquebrantable gallardía. La vanidad o vanitas, aquel pecado de los antiguos, se asemeja en estos retratos de fin de siglo a lo que es para los hombres y mujeres del siglo XXI: un asunto muy serio. El drama barroco que se ve en el Castagnino es el de Klemm objeto de la mirada, activo y creador, actor elegante, seductor en todas las edades de su rostro. Y también un excelente paseo por estilos del arte argentino de la segunda mitad del siglo XX, en particular el pop de Delia Cancela, Edgardo Giménez y Silvina Benguria. Se lucen los delicados dibujos de Mildred Burton o Mariette Lydys y las impactantes fotos de Humberto Rivas o Marcos López.
Lo del Macro es mayor desafío. Trabajar su elusiva figura de artista inclasificable e histriónico divulgador del arte desde el "reconocimiento a artistas y obras que son resistidas o prejuiciados, situándose en lugares límite, en bordes difíciles de abordar", es lo que se propuso respecto de Klemm el curador Roberto Echen, subdirector artístico del Castagnino+Macro. Es de una cierta sensatez la cautela de este discurso curatorial "borde", bastante más prudente que aquellas sospechosas apologías de Carlos Espartaco, fragmentos significativos de las cuales se incluyen en la muestra: Espartaco habla por ejemplo de "la subjetividad absolutizada" de Klemm, frase que lo define con bastante felicidad. Presentar "el caso Klemm", en toda la amplitud probatoria de sus evidencias y con la mayor objetividad posible: eso es lo que logra esta exposición a través de un montaje sobrio e impecable.
Ya lo suficientemente ígneo es el material presentado. En la planta baja recibe al público un afiche del artista inclinado sobre el féretro de su madre, con una calidad de vestuario, una iluminación y unos ademanes de pasión dignos de una escena de ópera, pero... ¿la escena es verdad, el dolor es real? Frente a ella, en una vitrina, un traje de luces dedicado de puño y letra por Klemm a Rudolf Nureyev lleva cosida una foto del bailarín. ¿Quién fue este hombre, que se emparienta con un artista admirado y teatraliza el que debe haber sido el momento más penoso de su vida? En el séptimo piso, se ven los backlights de su "sala Venecia" y el traje Versace de cuero de víbora con el que posó para el retrato de Rómulo Macció de 1994 que puede verse en el Castagnino. Con tiempo, es posible sentarse a ver el falso documental en el que Klemm, teletransportado por la magia del fondo verde a los escenarios de la pasión y muerte de Vincent Van Gogh, hace una encendida y por momentos incoherente defensa del "suicidado de la sociedad", citando a Antonin Artaud en una hagiografía de mártir que trasluce su identificación.
Si hay una muestra que Susan Sontag tendría que haber visto para fundamentar su teoría del camp, es ésta. El exceso define al camp. Y en esta muestra se materializa lo que inquieta de tal definición por el exceso: ese poder del concepto de "objeto camp" para infundir a todo artista o crítico el terror de pensar cuánto de lo que constituye a una obra supuestamente fallida y a un autor caído en el ridículo no es acaso una posibilidad inmediata en cada artista aceptado por el sistema y en cada obra reconocida como arte. Haciendo relativa abstracción de la valoración estética, Echen y equipo parecen centrar inteligentemente su eje curatorial en esta cuestión de cómo la vida y obra de Klemm (indisolubles, además, entre sí) son capaces de inquietar los límites de la institución arte: ya es bastante con mostrar la obra en las mejores condiciones posibles y dejar que el espectador saque sus propias conclusiones. Y el espectador sigue siendo cruel: una chica estalló en carcajadas al reconocer en Ultima transfiguración a Mirtha Legrand.
Si el Klemm barroco triunfa, el neoclásico fracasa. Lo que le da una leve respetabilidad a toda la propuesta expresiva de Klemm es su coherencia semiótica "mítica", fundamentada en una visión trascendente donde el yo del artista ocupa el lugar central de su mundo espiritual. Klemm se apropia de la imaginería religiosa de la pintura occidental y la traduce a fotomontajes fronterizos, torpes pero intensos, en los que despliega lo que el crítico Donald Kuspit llamaría su grandiosidad narcisista. En las Mitologías del primer piso se puede observar un primer retablo de su Pasión: Ultima cena (1991); Resurrección (1994), y La crucifixión (1996). En estos avatares del héroe, el autor ocupa el lugar de Cristo y su madre el de la Virgen María. Federico y su mamá miran a la cámara. Cabe pensar que si el ego de Klemm hubiera podido ser socializado en vida, habría dado narcisismo primario a toda la República Popular China. Pero hay tal mezcla de ternura y convicción en sus miradas que lo humano del autor se transparenta y conmueve.
En el segundo piso siguen los mitos: Adán y Eva (1995), Narciso y Afrodita (1994), Sansón y Dalila (1994), La Venus de Apolo y Dionisio (1995), con representaciones poco felices. Se destacan en el tercero unos retratos de la madre del artista: Mi madre en las rocas (1992) y el majestuoso Cristales de Moravia (1994), donde la bella mujer asume un rol demiúrgico. Se agradece la llegada del collage digital a partir del cuarto piso, que despliega unos dúos homoeróticos inspirados en la traición de Judas y la duda de Tomás, donde cabe resaltar por su síntesis al titulado Heridas y secuelas III (2000). Los modelos anónimos que hacen de mendigos en Ultima transfiguración (2000) se repiten en La mirada y su rotación (2000) y, tras un olvidable quinto piso que reitera el motivo de Sansón, el sexto ofrece una entrañable galería de retratos de amigos, realizados a comienzos de los años noventa, donde sorprende por su cualidad onírica el de Mildred Burton y por su raro hieratismo intimista el de Jorge Romero Brest. El de estos retratos es el mundo cortesano porteño de los vernissages de los tiempos de la pizza con champagne. Y, por supuesto, el Autorretrato (1990) es el mejor.
Entre los fuertes gestos de la planta baja y el enloquecido discurso del séptimo piso, se tensa así un arco de "fotopinturas" de Klemm que son asombrosamente coherentes con los mismos. Y que desde el punto de vista estético y el técnico, independientemente de su despliegue de producción (modelos en estudio, gran formato, trucos digitales astutos o no tanto), configuran un arte al que no cabe calificar en general sino de fallido. Es demasiado evidente la contradicción entre los modelos mitológicos del período manierista de la historia del arte a los cuales con grandes ambiciones artísticas apela Klemm y la tosquedad (modelos contemporáneos "perfectos" en gestos rígidamente teatrales, reiteración de tríos de figuras, seres gratuitamente voladores, fallas técnicas, caprichosas composiciones de desnudos) con que resuelve cada trabajo. Y sin embargo, a la luz de obras más recientes (es imposible no pensar en los videos deliberadamente bizarros de Mauro Guzmán, que de algún modo "formatean" la visión de Klemm hoy), la de Klemm vale, si no artísticamente por sus logros, teórica y críticamente por sus fracasos, que orientan la reflexión hacia la fragilidad de los límites del arte. O sea: el que se crea libre del ridículo, que arroje la primera piedra.

jueves, septiembre 09, 2010

Arte burtoniano en el subte B

En la estación Dorrego de la línea B de subterráneo, el andén norte está acaparado por la obra A 3 niñas argentinas inmoladas: Gimena Hernández, Nair Mostafá y María Soledad Morales de Mildred Burton.


La obra data de 1991 y es un mural cerámico, de 500 x 120 cm.





El mural contó con la colaboración de A. Passolini y S. Sundblad. 

jueves, febrero 07, 2008

La pintura argentina da pelea y no se rinde

CULTURA : MUESTRA EN CORDOBA



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Fernando García.

(Clarín - viernes 22/07/2005)

En el Museo Caraffa de Córdoba se presenta una muestra con la selección del Concurso de Pintura Argentina lanzado por la Fundación Deloitte. El conjunto, que recorrerá museos y salas de todo el país, es un interesante muestreo de la plástica contemporánea y de su vitalidad estética.

El primer premio del concurso fue para Diego Hugo Orlando Perrotta por "Institución", un extraño conjuro al acrílico que sobrevuela la figuración esotérica de Xul Solar apuntándole un asterisco político en la cruda intersección de un ¿escorpión? con un edificio a todas luces burocrático, reflejo de la sociedad de control. Tema que también aborda Pablo Javier Lozano (mención especial) con una obra sin título que podría haberse llamado, pongámosle, "Un día en la paranoia del mundo". Es el minucioso retrato de dos cámaras de seguridad con la potente promesa de convertirse en vigías autónomos en un futuro muy cercano.

El tema vuelve en el perverso "Inseguridad cero" (Andrés Compagnucci) y en las obsesivas guardas balísticas de El Azem.

La selección enlaza figuración y geometría, arte social con imaginería pop, nombres poco transitados con resonantes como Mildred Burton (con una viñeta islámica en clave de Escher), María Silvina Lacarra (mención) o Diana Dowek.

ARTE: UNA MUESTRA DE MILDRED BURTON EN BELLAS ARTES

(Clarín - Edición del sábado 24-02-2001)

Dibujos humorísticos de ideas arquitectónicas imposibles


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ANA MARIA BATTISTOZZ

En la década del 80, la artista Mildred Burton, cuyas habilidades en la pintura le permitían ganarse ocasionalmente la vida en el mundo de la decoración, solía compartir trabajos con un joven ebanista.

Bien parecido él, cuenta Burton que, aunque de condición obrera, por las noches gustaba "disfrazarse de importante" y merodear por los bares de Recoleta. Burton recuerda que el joven gastaba lo poco que tenía en una indumentaria motoquera que incluía cadenas, pulseras y casco de rigor. Pero al terminar la noche, dejaba toda esa parafernalia en una heladería amiga y se tomaba el colectivo que lo llevaba a su casa —ya que moto no tenía— donde volvía a su rutina de ebanista.

La historia, que parece salida de un relato actualizado de Arlt, disparó en la artista la idea de construir un "hábitat para asnos errantes en el desierto, con refinado gusto burgués, controlado y guardado por dos robots computarizados". El proyecto al que llamó Zanahorium Golden Prix, es uno de los que integran la muestra Proyectos y Proyectoides que se exhibe hasta fin de mes en el Museo Nacional de Bellas Artes.

El conjunto reúne una serie de proyectos dislocados (arquitecturas irrealizables) que desde 1975 la artista presentó casi regularmente en cada una de las bienales de arquitectura organizadas por Jorge Glusberg. Algunos de ellos fueron galardonados por las empresas patrocinantes, como el "Basurero nuclear con cabinas de fax y correspondencia electrónica", que obtuvo el Premio IGGAM en 1995.

Concebidos como derivaciones extremas de situaciones extrañas que, como la del ebanista, se dan en el mundo real, los proyectos articulan complejos dibujos sobre papel, planos arquitectónicos con infinitos detalles coloridos pintados con acuarelas, vistas aéreas e insólitos cortes transversales que incluyen mecanismos varios (como ascensores y palas mecánicas).

A casi todos les asigna ubicaciones tan precisas como significativas. El "Zanahorium" fue pensado para ser instalado en Recoleta. Pero los hay también para la zona de Retiro, tal el caso del "Hábitat preparador conservador y exterminador de la especie artista latinoamericano" o el "Puente elevador para destruir turistas y máquinas fotográficas" que concibió en 1984 para el MontJuic en Barcelona.

En todos ellos emerge una fascinante articulación de soluciones mágicas y truculentas en clave de humor ácido. Esto es justamente lo que marca su inquietante pileta para peces subversivos con una gigantesca torre de control con ojos visores de rayos láser y un brazo con red para exterminar a los disidentes.

En registro similar Burton también concibió un Zootransportador urbano para traslado de animales de viejo Zoológico Art Decó a nuevo Zoológico Aséptico. El curioso vehículo nació del anuncio, hecho en su momento, de un plan para trasladar el Zoológico de la Ciudad de Buenos Aires a un predio "aséptico" en los alrededores del Parque de la Ciudad.

Burton, que ama a los animales y vive en su casa-taller de la Boca rodeada de 11 perros y una tortuga, pensó un mecanismo de transporte capaz de aliviar la experiencia traumática de semejante mudanza.

Su proyecto preveía una zorra descubierta para animales de buen carácter, vagones con rejas para animales grandes de mal carácter y casetas de control sanitario para la salida y la llegada. Pero lo más interesante de él era una zona virtual con proyecciones en tres dimensiones y árboles artificiales con olor a selva, a macho y hembra para aliviar la inquietud del trayecto. Estos "proyectos arquitectónicos imposibles de realizar" de Mildred Burton operan fundamentalmente en la evidencia de la sinrazón de la razón urbana política y social.

(Museo Nacional de Bellas Artes, Av. Libertador 1473. Hasta fin de mes.)

miércoles, febrero 06, 2008

Cerca del abismo: Mildred Burton en el Bellas Artes


Mildred Burton expone una muestra antológica (obras desde 1968 a 1998) en el Museo Nacional de Bellas Artes. Hasta el 10 de junio se podrán ver los cuadros de esta artista todo terreno -además de pintar, ella misma aclara que hace música y escribe relatos- que tiene una singularísima visión del arte.

(Página 12 - 24/05/98)

Por FABIAN LEBENGLIK


Dice de sus cuadros: “Yo creo que en mi obra estoy siempre riéndome, jodidamente. Sé que del ser humano se puede esperar lo peor, pero al mismo tiempo tengo una enorme piedad”. Mildred Burton es una de las grandes artistas argentinas: pintora, grabadora, dibujante, retratista sin edad, y también música (es intérprete de piano, órgano y armonio), nacida en Paraná, Entre Ríos. Siempre hizo de su virtuosismo un uso irónico y juguetón que le sirvió para ganar más de cuarenta premios a lo largo de los últimos treinta años. De abuela alemana y padres irlandeses, su niñez y adolescencia fueron una colección de rigores y mandatos que luego aparecen como nítidos estigmas en cada obra.

Su relación con el lenguaje tiene la misma estructura que la de sus cuadros: toda afirmación se niega, toda certeza se corrige, todo control, en un punto, se pierde. Ella va construyendo el relato de su vida a través de una narración en la que se confunden ficción con memoria.

¿Cómo se relacionó por primera vez con la pintura?
--De manera indirecta, porque coloreaba modelos para una fábrica de porcelanas y pintaba motivos de abanicos. Hacía todo tipo de pequeños trabajos en casa. Criaba a todos mis chicos y estaba sola. Pero no sólo la pintura me daba para vivir, sino también la música. Yo era pelirroja, flaquita y con cara de nena; usaba dos trenzas y en esa misma época agarré una guitarrita y me largué a cantar. A la gente le debe haber gustado, porque se callaban y me escuchaban. Hacía dos entradas por noche cantando canciones de la Guerra Civil Española.

¿En dónde cantaba?
--En varios cabarets de Buenos Aires. Por ejemplo, en el Dragón Rojo, que estaba en San José entre Rivadavia y Avenida de Mayo. Todavía se conserva ese dragón horrible en el frente del edificio. Era un lugar de una sordidez espantosa, lo manejaba el “Príncipe cubano” y me pagaban bien. Varias veces me llevaron presa. Pero como yo estuve casada muchos años con un militar y mi hermano también lo es, alguna que otra vez les contaba sobre mi familia y eso servía para que me soltaran.

“Todos mis cuadros --explica-- nacen de un relato anterior, que escribí previamente. Siempre me gustó escribir y varias veces voy a buscar ideas para un cuadro en esos apuntes: tengo más relatos que pinturas. La literatura me interesó desde chica. Mi gran amiga de toda la vida fue Luisa Mercedes Levinson. Ella siempre decía que si hubiera sido pintora habría pintado mis cuadros y yo le decía que de haber sido escritora, hubiera escrito sus libros. Nos sentíamos iguales, gemelas. También me fascina cierto mundo de Cortázar, de Borges y de Alejandra Pizarnik, con quien teníamos una amiga común: Leonor Calvera. A mí, en general, los poetas me aburren, pero Alejandra no”.

El conjunto de la obra de Mildred Burton --cerca de 1200 trabajos, según afirma-- está construido alrededor de un género literario, el género fantástico. Sus pinturas, dibujos y estampas están plagados de venganzas poéticas, de sutiles transformaciones --insólitas y a veces monstruosas-- en todos los niveles de la imagen; de rupturas de la lógica, de la inocencia sorprendida por la crueldad y por múltiples vueltas de tuerca perversas. En sus cuadros --como en sus dichos-- toda afirmación siempre puede ser negada, toda corrección desviada, todo control, en un punto, puede ser un extravío.

La pintura de Mildred Burton es una perpetua contrabiografía en la que la historia de una vida --la suya-- se hace a sí misma, pero esta vez con leyes propias y paralelas en donde se ponen a prueba todos los padecimientos familiares que fraguaron su infancia y juventud: la obediencia, la negación del deseo, el ocultamiento, el mundo militar, el control obsesivo, la religión, la locura, la muerte.





Sus cuadros son camaleónicos: el estilo es un disfraz reconocible, que oscila entre el homenaje y la corrosión de la historia de la pintura. Renacimiento, barroco, impresionismo o surrealismo se suceden como escenarios armados al modo de una trampa para el ojo. La artista parte de una engañosa referencia académica --derivada naturalmente de su facilidad para el dibujo-- para producir contextos aceptables y clichés pictóricos; pero cuando el observador se detiene en los detalles sobreviene lo monstruoso, la transfiguración.

La familia del torturador, por ejemplo, es un conjunto de dos retratos clásicos en los que se ve a la esposa y al niño del que vive de aplicar tormentos. Cuando el jefe de la familia llega del trabajo les trae a los suyos algún souvenir horrendo: es así que tanto la mujer como el pequeño hijo retratados lucen --ella a modo de colgante y él como un broche-- sendas falanges arrancadas a las víctimas. Y allí están, junto con el detalle siniestro, la compleja aquiescencia de los que rodean y apañan el mal, la silenciosa y extraña complicidad, el peso de la culpa.

Los frutos del país es una serie en la que también aparece subrepticiamente la historia de la violencia argentina. Pintado en el final de la última dictadura, este conjunto de cuadros de pequeño formato muestra, disimulados entre los frutos autóctonos argentinos, otros frutos que se extraen del país: masa encefálica desprendida, ojos y secciones del cuerpo.

Una larga serie de obras se meten con los lazos de sangre de la propia Mildred: su madre muerta muy joven, su padre que al final bordeaba la locura, sus hijos --los que murieron y los que están vivos--, su abuela temida y querida. “Mi abuela era terrible conmigo y yo la adoraba. Ella por ejemplo les tejía pasamontañas a los aviadores, en la época de la Segunda Guerra y con un trozo de lana roja ahorcó a mi gato preferido. Me daba manguerazos y me tiraba de las trenzas. Sus manos eran mi terror. Por eso yo pinté a mi abuela niña, mutilada, sin manos, en uno de los cuadros que está en la muestra”, cuenta Burton. Otra series, como Jean Jarrow o Jean en Pomme son sagas animistas en las que un jarrito camaleónico (el citado jarrow) adopta la forma del paisaje que sueña o una manzana heroica (la citada pomme) personifica a la mujer a través de diferentes epopeyas.

En cada cuadro, la superficie pulida --de la pintura, del estilo, del realismo como artificio-- se detiene en un abismo lógico que abre un abanico de sentidos de perversión creciente. Por esa fisura entra lo siniestro y se oculta la tragedia.

“Yo convivo con lo terrible y con el miedo --cuenta la artista-. Vivo sola en una casona terrorífica de la Boca. Creo que vivo siempre cerca de un abismo que al mismo tiempo me atrae. Antes tenía miedo de caer en ese abismo, pero después de ciertas cosas que me tocó vivir aprendí que no hay abismo en el que pueda caer, salvo aquel en el que yo decida saltar. Me ocurrieron cosas tremendas, pero soy resistente. De los cinco hijos que tuve perdí a dos. Yo me solazo en ese mundo terrible. En cierto modo ese mundo tiene contactos tangenciales con el de Aída Carballo, que fue una de la artistas que me apuntaló, junto con Berni y Roberto Aizemberg, cuando yo empezaba. Ella me largó al ruedo. Con Aída tuve una relación muy especial; me protegió y yo tenía la sensación de que me quería salvar de algo. Aída siempre estuvo cerca de la muerte y de la locura, y se esforzaba para que yo no ingresara en esas zonas. Yo también caminé al borde y estuve internada en varios centros de salud mental con diagnósticos varios: desdoblamiento de personalidad; síndrome esquizoide, paranoia... Creo que todos somos muchas personas al mismo tiempo y que nos comportamos de distinta manera, según quién tengamos enfrente. Lo peligroso es cuando eso se te escapa. A veces pienso que puedo terminar en la locura total y en el suicidio. Cuando llega la noche y estoy sola en casa, con todos mis perros, antes de que el sueño me venza siento que entro en la tragedia. Tengo pesadillas espantosas y vivo en un mundo paralelo insoportable. Mi sueño es un infierno todos los días, hasta que logro salir a las seis y media o siete de la mañana y voy a pasear a los perros. Antes podía no dormir, pero ahora me canso más. Cada día lo termino hecha pedazos y mi vida consiste en manejar los pedazos. Sé que tengo un cierto grado de locura, pero lo enfrento”.

(Tomado de nota de Página /12 suplemento RADAR de 1998)

lunes, octubre 23, 2006

Bombardeo a la paz del espectador

CLARIN Sábado 30.09.2000

ARTE: MILDRED BURTON EN PRAXIS




Burton carga los objetos de una extraña perversión

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ROSA FACCAR

Mildred Burton juega con pasión la transgresión de la violencia. Holocaustos, la serie de diversas técnicas visuales que expone hasta el 7 de octubre en Praxis, Arenales 1311, lo demuestra.

Burton nació en Paraná, Entre Ríos. Su carrera en Buenos Aires tuvo una trayectoria multifacética, incursionando en varios géneros artísticos e integrando el grupo de la Post-figuración de los años 70. En esta muestra, la artista vuelve a mostrarnos su capacidad para construir la realidad mágica de personajes que, obsesivamente, se registran en sus pinturas.

Burton carga los objetos de una extraña perversión o los transforma en animales de fábulas infantiles donde el terror opera como iniciación hacia el destino azaroso de un objeto animado.

Apuntando sus blancos acertadamente en un disloque de la realidad, Mildred Burton dispone de un disparador acertado. Desubica de su destino real a los objetos: aviones, proyectiles, navíos, edificios, árboles.

Primero se apropia fotográficamente de la realidad del paisaje marino y de campiñas, observados desde un ángulo diferente. La imagen es aérea, o de chanfle. Apropiándose de fotos de un almanaque a través de impresiones digitales, establece una intervención sobre ellas. Misiles áereos, ataques con pequeñas llamas de fósforos, indican un claro objetivo: turbar una serena visión introduciendo un elemento perturbador.

Este bombardeo rompe la tranquilidad del espectador. Algo pasa, la artista está en pleno ritual del holocausto, quema el orden de la mirada, interviene en la atmósfera de paz, opera una revolución que nos inquieta y conmueve.

Ciclo BIODRAMA: Barrocos retratos de una papa

OBRAS DE TEATRO / EL BIODRAMA, LO NUEV0 EN EL ESCENARIO

EXCESO DE REALIDAD

Por Ana Durán (Revista 3 Puntos - NRO. 255, 16/05/2002)

Frente a la abundancia de ficción y a un presente que se cuela por las butacas -el país que somos desde diciembre último-, el teatro nacional asiste a una nueva tendencia de la mano de Vivi Tellas. Barrocos retratos de una papa, la primera producción de este proyecto, se basa en la vida de una pintora. En este caso, toda semejanza con la realidad no es pura coincidencia: es intencional.
Un hombre, que parece no estar del todo en sus cabales, se presenta a sí mismo como un museo viviente. "Usted está participando de una memoria viva. De la mano de su protagonista. Leída y afirmada por él mismo", es la consigna del director Federico León. Corre el año 1998 y el marco es el Proyecto Museos del Centro de Experimentación Teatral que dirige Viviana Tellas.
Éste no es un dato más. Porque el hombre, Miguel Ángel Boezzio, cuenta desordenadamente cosas de su vida como ex combatiente de Malvinas, sus recuerdos de la infancia (todos hechos que documenta con fotos, certificados diversos y notas periodísticas), su paso por La colifata, el programa radial de los internos del Borda. La pequeña grey de público de teatro sabe que Boezzio no es actor, aunque haya estudiado con Norman Briski (con certificados que así lo demuestran) y algunos de sus ex compañeros de curso estén presentes. Comienza el nerviosismo en la sala. Algunos -entre los que figuran reconocidos directores de teatro- se levantan y se van. Terminada la función, Boezzio sale a saludar. Sólo que en su desplazamiento se lleva el Museo a la vereda porque Boezzio no "hace de": es.

Antecedente de locos 

Si la historia se compone de pequeñas anécdotas de las que casi no se habla, ésta podría ser el detonante que más hizo pensar en Buenos Aires en las implicancias que surgen de poner en fricción al teatro con la realidad. Por supuesto que hubo antecedentes desde Calderón hasta Pirandello, pero en cuanto al teatro dentro del teatro. Hoy y aquí, como en oleajes cíclicos, la realidad golpea una vez más a todas las disciplinas del arte y espera que la puerta se abra de par en par. Y para seguir asistiendo a una sala resulta imprescindible cuestionarse qué teatro resiste ser visto en Argentina después del 20 de diciembre pasado.
La respuesta es que algo se estaba gestando de la mano de Norman Briski y su hiperrealismo, de Federico León, Luciano Suardi, el Periférico de Objetos (especialmente en Zooedipous), Beatriz Catani, Gabriela Izcovich y últimamente Rafael Spregelburd, Javier Daulte y Alejandro Tantanian. Objetos reales en escena (una gallina o un perro, por ejemplo), mujeres que orinan en un frasco, mocos que impiden hablar o una cena con comida real (como en las buenas épocas del teatro de living). Tal vez haya una diferencia de gradación entre el churrasco que cocina María José Gabín en Una cabeza bajo el agua, de Briski (1992), y el nivel de verdad con el que arriesgan su cuerpo los actores de Mujeres soñaron caballos, de Daniel Veronese. Pero lo cierto es que "lo real" llegó para quedarse decidido a buscar las infinitas combinaciones posibles que el artificio del teatro permita. Como respuesta a un exceso de abstracción y de metáfora o porque, contrariamente a las predicciones del hombre encerrado en un mundo en el que todo se podía satisfacer con una computadora conectada a internet, la realidad golpea bajo y duro.

Doña Mildred 

El coqueto Teatro Sarmiento cambió su funcionamiento para incomodar, tal como suele suceder con el teatro experimental. Allí acaba de estrenarse Barrocos retratos de una papa, creación colectiva que dirige Analía Couceyro sobre la vida de la artista plástica Mildred Burton.
Pero durante su último ensayo general -cuando se registró este reportaje- las casualidades quisieron que Mildred estuviera presente por triplicado: su espalda se reproducía en una pantalla de video y la actriz Mirta Bogdasarian la representaba en la escena mientras ella observaba en semipenumbras desde la platea.
"Hoy es un día muy particular -explica Analía Couceyro- porque es la primera vez que Mildred asiste a un ensayo. Comentó que en el escenario aparecieron situaciones que le habían ocurrido y que, sin embargo, no nos había contado. Para ella fue como si hubiéramos adivinado esas anécdotas porque pudimos comprender el devenir lógico de algunos acontecimientos de su vida."
Mildred es una mujer mayor con ojos celestes casi cristalinos que traslucen melancolía y una fuerza ahora mansa, pero que debió ser tornado en algún momento. Parece mentira que esa señora pequeña haya tolerado los golpes de un marido con quien la casaron cuando tenía apenas 15 años; aquella que cantó en El Dragón Rojo junto a Bárbara y Dick, y obtuvo decenas de premios y reconocimientos de pintura.
"La principal dificultad del trabajo fue encontrar a la persona que sería mi referente creativo. El procedimiento de trabajo tuvo mucho que ver con que no tenía un tiempo acotado para hacer el proyecto. Por eso me vi obligada a poner fechas tope para los diferentes pasos que tenía que seguir. Me propuse decidir quién sería en un mes. Marqué límites arbitrarios como que sería una mujer porque ya tenía elegida la actriz, no se trataría de una persona pública (para que la gente no tuviera preconceptos), y su profesión sería pintora o escritora. Elegí a Mildred Burton porque había visto parte de su obra, había leído notas de ella en los diarios y una amiga me había contado que en una época cantaba en El Dragón Rojo. Y eso me pareció una combinación interesante. Fuimos a la primera entrevista y nos atrapó de entrada. Mildred vive en La Boca, en un lugar muy marginal. Un día fuimos a la casa y nos contó que los vecinos le habían regalado unos Puré Cica que habían traído de los saqueos, por ejemplo. Ella tiene mucho contacto con lo marginal y en algún momento quisimos que esto apareciera claramente. Pero luego descubrimos que eso indudablemente se ve en su historia sin que fuera necesario que lo resaltáramos. Que el lenguaje teatral debía seguir siendo el foco. Pero, sobre todo, nos interesaba respetar la mirada de Mildred Burton sobre su propia vida. Y a su vez esa mirada tamizada por la nuestra, que convierte eso en un material teatral en el que todo el tiempo resaltamos el artificio en lugar de profundizar la confusión."

LA CONSIGNA DE TELLAS
 
El director debe elegir a una persona argentina viva y, junto con un autor, transformar su historia de vida en material de trabajo dramático. Pueden escoger distintos tipos de vidas, desde personas públicas hasta existencias completamente anónimas, desde sujetos particulares hasta representantes de mundos que les interese explorar. La condición de que el sujeto elegido esté vivo permite que el director pueda trabajar con él en persona, conocer su historia de primera mano.

MNBA: La familia del sentenciado (tríptico)


Mildred Burton

68 x 50; 48,5 x 38; 68,5 x 58

acrílico s/cartón

Colección permanente del Museo Nacional de Bellas Artes.

PROYECTOS Y PROYECTOIDES: Viaje a la utopía perversa



Utopías que suponen la existencia del Infierno. Aunque no el bíblico, de allá abajo, sino otros, pequeños, acá nomás.


Por Fabián Lebenglik (DOMINGO 23 DE DICIEMBRE DE 2001)

En el célebre texto Utopía que Thomas Moro publicó en 1516, el término designa una isla en la que los ciudadanos viven en condiciones perfectas y, por lo tanto, inalcanzables.
“Utopía” viene del griego y significa no-lugar, en el sentido de aquel territorio que existe sólo en la imaginación. Y utopía suena parecido a eutopía, que significa “buen lugar”. En este sentido, aquella Utopía afirmaba –a modo de un rudimentario concepto psicoanalítico–, la imposibilidad de la realización del deseo en términos absolutos, así como la relación directa entre deseo y ficción.
Tres de las condiciones de la utopía de Moro eran el carácter social, totalizador y futuro de ese no-lugar. Se trataba de una huida hacia adelante de sistemas sociales completos y perfectos, que garantizarían el bien común.
Si se modifica alguna condición, ya no se trata de utopías. Sin embargo la modernidad y la posmodernidad trajeron otras clases de utopías, que modifican o niegan el sentido original de la palabra, pero que funcionan en relación con ella, ya que constituyen hipótesis débiles, módicas, limitadas: son utopías paradójicas. Tal el caso de las utopías privadas (utopías de una sola persona), típicas de la posmodernidad.
Las utopías moderadas o “mixtopías” –como las clasifica el semiólogo Oscar Traversa–, que son modelos intermedios de alcance social y temporal muy relativo. Es el caso, entre tantos otros, del nudismo (que supone mostrarse, sinceramente, tal como se es), el esperanto (la creación de una lengua artificial universal para abolir las guerras porque hablando el mismo idioma los pueblos se entenderían mejor) o el vegetarianismo (identificando salud y pureza física hacia una pureza mental).
Otro tipo de utopía es la que propone Héctor Libertella en su último libro, El árbol de Saussure, una utopía en la que el futuro “ya fue”.
Finalmente está el modelo de las utopías perversas y delirantes: son las que propone Mildred Burton en su nueva exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes. Se trata de una larga serie de “proyectos y proyectoides” que la artista ha ido exhibiendo en las sucesivas bienales de arquitectura que organiza Jorge Glusberg.
Cada trabajo consiste en un diagrama o proyecto muy detallado, en el que Burton suele utilizar imágenes que evocan los inicios del siglo XX. Cada gráfico está acompañado de una memoria descriptiva en la que se especifican las características, componentes y funciones.
Mientras que la utopía de Thomas Moro es una versión propia del Paraíso, las utopías perversas de Mildred Burton suponen y casi prueban que existe el Infierno. Aunque no se trata de un infierno que está allá abajo, en el gran horno bíblico, sino de una serie de pequeños infiernos que están acá nomás, entre nosotros...
No es descabellado imaginar que si alguno de estos “proyectoides” se colara en los escritorios de ciertos empresarios y gobernantes argentinos presentes o pasados, inmediatamente estamparían firma y sello. De hecho, muchos de los infiernos de Mildred Burton ya han tenido lugar (ver recuadro).
El conjunto de la obra de Burton está construido alrededor de un género literario: el género fantástico. Sus pinturas, dibujos, collages y estampas están plagados de venganzas poéticas, de sutiles transformaciones, insólitas y muchas veces monstruosas, en todos los niveles de la imagen; de rupturas de la lógica, de la inocencia sorprendida por la crueldad y por múltiples vueltas de tuerca siempre perversas. En sus cuadros, toda afirmación siempre puede ser negada, toda corrección, desviada, todo control puede ser un extravío. La obra de Mildred Burton es una perpetua transfiguración de la experiencia personal y social en la que la historia se hace a sí misma, pero esta vez con leyes propias y paralelas.
En sus trabajos el estilo es un disfraz reconocible, que oscila entre el homenaje y la corrosión de lo que se narra visualmente. Las técnicas y estilos de la historia del arte se suceden como escenarios armados al modo de una trampa para el ojo. La artista parte de una engañosa referencia académica para producir contextos aceptables y cliches pictóricos; pero cuando el observador se detiene en los detalles sobreviene la transfiguración de los monstruoso.
En cada obra se abre un abismo lógico y moral que permite un abanico de sentidos de perversión creciente. Por esa fisura entra lo siniestro. (En el Museo Nacional de Bellas Artes, Avenida del Libertador 1473, hasta el 15 de marzo.)

4 memorias descriptivas El Proyecto N1, “Caburé”, diseñado para la Zona Centro de la ciudad de Buenos Aires, es un “hábitat aéreo fagocitador de resinas humanas obtenidas de seres feos, grises y tristes”.
El N4, “Mercadoro”, propuesto para la zona de la Bolsa de Comercio, consiste en un “hábitat recolector, reducidor y controlador del oro total país. Posee gran lingote en estado de constante ebullición, receptor del oro licuado. Está habitado por ‘El Gran Economista’, que posee cucharón catador, sillón ministerial, teléfono y portafolio. Exteriormente existen dos tribunas para masa popular observante (sin voz ni voto) y camiones para su traslado. Existen casetas para expertos (ministros, economistas, banqueros, financistas, etc.) con ojos visores para control y cálculos. Posee antenas para emisión de sonidos agudos o graves, según la crisis”.
El proyectoide N6, “Borriquito Golden Rock”, para instalar en la zona de Recoleta, se trata de un “hábitat para asnos errantes en el desierto con refinado gusto burgués, controlado y guardado por robots computados”.
“N.N. Morton Pez”, el proyectoide N7, según la descripción de la artista: “Una pileta para peces subversivos que contiene dos especies de peces: violetas y rojos. Los violetas son flacos, rebeldes, trabajan para los gordos. Se nuclean en núcleos disidentes y solicitan mejoras. Los rojos dependen del gran pescador y le obedecen sin razonar. La pileta posee orejas y ojos electrónicos para control total”. La zona propuesta para la realización del proyectoide es la Escuela de Mecánica de la Armada.