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miércoles, febrero 06, 2008

Cerca del abismo: Mildred Burton en el Bellas Artes


Mildred Burton expone una muestra antológica (obras desde 1968 a 1998) en el Museo Nacional de Bellas Artes. Hasta el 10 de junio se podrán ver los cuadros de esta artista todo terreno -además de pintar, ella misma aclara que hace música y escribe relatos- que tiene una singularísima visión del arte.

(Página 12 - 24/05/98)

Por FABIAN LEBENGLIK


Dice de sus cuadros: “Yo creo que en mi obra estoy siempre riéndome, jodidamente. Sé que del ser humano se puede esperar lo peor, pero al mismo tiempo tengo una enorme piedad”. Mildred Burton es una de las grandes artistas argentinas: pintora, grabadora, dibujante, retratista sin edad, y también música (es intérprete de piano, órgano y armonio), nacida en Paraná, Entre Ríos. Siempre hizo de su virtuosismo un uso irónico y juguetón que le sirvió para ganar más de cuarenta premios a lo largo de los últimos treinta años. De abuela alemana y padres irlandeses, su niñez y adolescencia fueron una colección de rigores y mandatos que luego aparecen como nítidos estigmas en cada obra.

Su relación con el lenguaje tiene la misma estructura que la de sus cuadros: toda afirmación se niega, toda certeza se corrige, todo control, en un punto, se pierde. Ella va construyendo el relato de su vida a través de una narración en la que se confunden ficción con memoria.

¿Cómo se relacionó por primera vez con la pintura?
--De manera indirecta, porque coloreaba modelos para una fábrica de porcelanas y pintaba motivos de abanicos. Hacía todo tipo de pequeños trabajos en casa. Criaba a todos mis chicos y estaba sola. Pero no sólo la pintura me daba para vivir, sino también la música. Yo era pelirroja, flaquita y con cara de nena; usaba dos trenzas y en esa misma época agarré una guitarrita y me largué a cantar. A la gente le debe haber gustado, porque se callaban y me escuchaban. Hacía dos entradas por noche cantando canciones de la Guerra Civil Española.

¿En dónde cantaba?
--En varios cabarets de Buenos Aires. Por ejemplo, en el Dragón Rojo, que estaba en San José entre Rivadavia y Avenida de Mayo. Todavía se conserva ese dragón horrible en el frente del edificio. Era un lugar de una sordidez espantosa, lo manejaba el “Príncipe cubano” y me pagaban bien. Varias veces me llevaron presa. Pero como yo estuve casada muchos años con un militar y mi hermano también lo es, alguna que otra vez les contaba sobre mi familia y eso servía para que me soltaran.

“Todos mis cuadros --explica-- nacen de un relato anterior, que escribí previamente. Siempre me gustó escribir y varias veces voy a buscar ideas para un cuadro en esos apuntes: tengo más relatos que pinturas. La literatura me interesó desde chica. Mi gran amiga de toda la vida fue Luisa Mercedes Levinson. Ella siempre decía que si hubiera sido pintora habría pintado mis cuadros y yo le decía que de haber sido escritora, hubiera escrito sus libros. Nos sentíamos iguales, gemelas. También me fascina cierto mundo de Cortázar, de Borges y de Alejandra Pizarnik, con quien teníamos una amiga común: Leonor Calvera. A mí, en general, los poetas me aburren, pero Alejandra no”.

El conjunto de la obra de Mildred Burton --cerca de 1200 trabajos, según afirma-- está construido alrededor de un género literario, el género fantástico. Sus pinturas, dibujos y estampas están plagados de venganzas poéticas, de sutiles transformaciones --insólitas y a veces monstruosas-- en todos los niveles de la imagen; de rupturas de la lógica, de la inocencia sorprendida por la crueldad y por múltiples vueltas de tuerca perversas. En sus cuadros --como en sus dichos-- toda afirmación siempre puede ser negada, toda corrección desviada, todo control, en un punto, puede ser un extravío.

La pintura de Mildred Burton es una perpetua contrabiografía en la que la historia de una vida --la suya-- se hace a sí misma, pero esta vez con leyes propias y paralelas en donde se ponen a prueba todos los padecimientos familiares que fraguaron su infancia y juventud: la obediencia, la negación del deseo, el ocultamiento, el mundo militar, el control obsesivo, la religión, la locura, la muerte.





Sus cuadros son camaleónicos: el estilo es un disfraz reconocible, que oscila entre el homenaje y la corrosión de la historia de la pintura. Renacimiento, barroco, impresionismo o surrealismo se suceden como escenarios armados al modo de una trampa para el ojo. La artista parte de una engañosa referencia académica --derivada naturalmente de su facilidad para el dibujo-- para producir contextos aceptables y clichés pictóricos; pero cuando el observador se detiene en los detalles sobreviene lo monstruoso, la transfiguración.

La familia del torturador, por ejemplo, es un conjunto de dos retratos clásicos en los que se ve a la esposa y al niño del que vive de aplicar tormentos. Cuando el jefe de la familia llega del trabajo les trae a los suyos algún souvenir horrendo: es así que tanto la mujer como el pequeño hijo retratados lucen --ella a modo de colgante y él como un broche-- sendas falanges arrancadas a las víctimas. Y allí están, junto con el detalle siniestro, la compleja aquiescencia de los que rodean y apañan el mal, la silenciosa y extraña complicidad, el peso de la culpa.

Los frutos del país es una serie en la que también aparece subrepticiamente la historia de la violencia argentina. Pintado en el final de la última dictadura, este conjunto de cuadros de pequeño formato muestra, disimulados entre los frutos autóctonos argentinos, otros frutos que se extraen del país: masa encefálica desprendida, ojos y secciones del cuerpo.

Una larga serie de obras se meten con los lazos de sangre de la propia Mildred: su madre muerta muy joven, su padre que al final bordeaba la locura, sus hijos --los que murieron y los que están vivos--, su abuela temida y querida. “Mi abuela era terrible conmigo y yo la adoraba. Ella por ejemplo les tejía pasamontañas a los aviadores, en la época de la Segunda Guerra y con un trozo de lana roja ahorcó a mi gato preferido. Me daba manguerazos y me tiraba de las trenzas. Sus manos eran mi terror. Por eso yo pinté a mi abuela niña, mutilada, sin manos, en uno de los cuadros que está en la muestra”, cuenta Burton. Otra series, como Jean Jarrow o Jean en Pomme son sagas animistas en las que un jarrito camaleónico (el citado jarrow) adopta la forma del paisaje que sueña o una manzana heroica (la citada pomme) personifica a la mujer a través de diferentes epopeyas.

En cada cuadro, la superficie pulida --de la pintura, del estilo, del realismo como artificio-- se detiene en un abismo lógico que abre un abanico de sentidos de perversión creciente. Por esa fisura entra lo siniestro y se oculta la tragedia.

“Yo convivo con lo terrible y con el miedo --cuenta la artista-. Vivo sola en una casona terrorífica de la Boca. Creo que vivo siempre cerca de un abismo que al mismo tiempo me atrae. Antes tenía miedo de caer en ese abismo, pero después de ciertas cosas que me tocó vivir aprendí que no hay abismo en el que pueda caer, salvo aquel en el que yo decida saltar. Me ocurrieron cosas tremendas, pero soy resistente. De los cinco hijos que tuve perdí a dos. Yo me solazo en ese mundo terrible. En cierto modo ese mundo tiene contactos tangenciales con el de Aída Carballo, que fue una de la artistas que me apuntaló, junto con Berni y Roberto Aizemberg, cuando yo empezaba. Ella me largó al ruedo. Con Aída tuve una relación muy especial; me protegió y yo tenía la sensación de que me quería salvar de algo. Aída siempre estuvo cerca de la muerte y de la locura, y se esforzaba para que yo no ingresara en esas zonas. Yo también caminé al borde y estuve internada en varios centros de salud mental con diagnósticos varios: desdoblamiento de personalidad; síndrome esquizoide, paranoia... Creo que todos somos muchas personas al mismo tiempo y que nos comportamos de distinta manera, según quién tengamos enfrente. Lo peligroso es cuando eso se te escapa. A veces pienso que puedo terminar en la locura total y en el suicidio. Cuando llega la noche y estoy sola en casa, con todos mis perros, antes de que el sueño me venza siento que entro en la tragedia. Tengo pesadillas espantosas y vivo en un mundo paralelo insoportable. Mi sueño es un infierno todos los días, hasta que logro salir a las seis y media o siete de la mañana y voy a pasear a los perros. Antes podía no dormir, pero ahora me canso más. Cada día lo termino hecha pedazos y mi vida consiste en manejar los pedazos. Sé que tengo un cierto grado de locura, pero lo enfrento”.

(Tomado de nota de Página /12 suplemento RADAR de 1998)

lunes, octubre 23, 2006

PROYECTOS Y PROYECTOIDES: Viaje a la utopía perversa



Utopías que suponen la existencia del Infierno. Aunque no el bíblico, de allá abajo, sino otros, pequeños, acá nomás.


Por Fabián Lebenglik (DOMINGO 23 DE DICIEMBRE DE 2001)

En el célebre texto Utopía que Thomas Moro publicó en 1516, el término designa una isla en la que los ciudadanos viven en condiciones perfectas y, por lo tanto, inalcanzables.
“Utopía” viene del griego y significa no-lugar, en el sentido de aquel territorio que existe sólo en la imaginación. Y utopía suena parecido a eutopía, que significa “buen lugar”. En este sentido, aquella Utopía afirmaba –a modo de un rudimentario concepto psicoanalítico–, la imposibilidad de la realización del deseo en términos absolutos, así como la relación directa entre deseo y ficción.
Tres de las condiciones de la utopía de Moro eran el carácter social, totalizador y futuro de ese no-lugar. Se trataba de una huida hacia adelante de sistemas sociales completos y perfectos, que garantizarían el bien común.
Si se modifica alguna condición, ya no se trata de utopías. Sin embargo la modernidad y la posmodernidad trajeron otras clases de utopías, que modifican o niegan el sentido original de la palabra, pero que funcionan en relación con ella, ya que constituyen hipótesis débiles, módicas, limitadas: son utopías paradójicas. Tal el caso de las utopías privadas (utopías de una sola persona), típicas de la posmodernidad.
Las utopías moderadas o “mixtopías” –como las clasifica el semiólogo Oscar Traversa–, que son modelos intermedios de alcance social y temporal muy relativo. Es el caso, entre tantos otros, del nudismo (que supone mostrarse, sinceramente, tal como se es), el esperanto (la creación de una lengua artificial universal para abolir las guerras porque hablando el mismo idioma los pueblos se entenderían mejor) o el vegetarianismo (identificando salud y pureza física hacia una pureza mental).
Otro tipo de utopía es la que propone Héctor Libertella en su último libro, El árbol de Saussure, una utopía en la que el futuro “ya fue”.
Finalmente está el modelo de las utopías perversas y delirantes: son las que propone Mildred Burton en su nueva exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes. Se trata de una larga serie de “proyectos y proyectoides” que la artista ha ido exhibiendo en las sucesivas bienales de arquitectura que organiza Jorge Glusberg.
Cada trabajo consiste en un diagrama o proyecto muy detallado, en el que Burton suele utilizar imágenes que evocan los inicios del siglo XX. Cada gráfico está acompañado de una memoria descriptiva en la que se especifican las características, componentes y funciones.
Mientras que la utopía de Thomas Moro es una versión propia del Paraíso, las utopías perversas de Mildred Burton suponen y casi prueban que existe el Infierno. Aunque no se trata de un infierno que está allá abajo, en el gran horno bíblico, sino de una serie de pequeños infiernos que están acá nomás, entre nosotros...
No es descabellado imaginar que si alguno de estos “proyectoides” se colara en los escritorios de ciertos empresarios y gobernantes argentinos presentes o pasados, inmediatamente estamparían firma y sello. De hecho, muchos de los infiernos de Mildred Burton ya han tenido lugar (ver recuadro).
El conjunto de la obra de Burton está construido alrededor de un género literario: el género fantástico. Sus pinturas, dibujos, collages y estampas están plagados de venganzas poéticas, de sutiles transformaciones, insólitas y muchas veces monstruosas, en todos los niveles de la imagen; de rupturas de la lógica, de la inocencia sorprendida por la crueldad y por múltiples vueltas de tuerca siempre perversas. En sus cuadros, toda afirmación siempre puede ser negada, toda corrección, desviada, todo control puede ser un extravío. La obra de Mildred Burton es una perpetua transfiguración de la experiencia personal y social en la que la historia se hace a sí misma, pero esta vez con leyes propias y paralelas.
En sus trabajos el estilo es un disfraz reconocible, que oscila entre el homenaje y la corrosión de lo que se narra visualmente. Las técnicas y estilos de la historia del arte se suceden como escenarios armados al modo de una trampa para el ojo. La artista parte de una engañosa referencia académica para producir contextos aceptables y cliches pictóricos; pero cuando el observador se detiene en los detalles sobreviene la transfiguración de los monstruoso.
En cada obra se abre un abismo lógico y moral que permite un abanico de sentidos de perversión creciente. Por esa fisura entra lo siniestro. (En el Museo Nacional de Bellas Artes, Avenida del Libertador 1473, hasta el 15 de marzo.)

4 memorias descriptivas El Proyecto N1, “Caburé”, diseñado para la Zona Centro de la ciudad de Buenos Aires, es un “hábitat aéreo fagocitador de resinas humanas obtenidas de seres feos, grises y tristes”.
El N4, “Mercadoro”, propuesto para la zona de la Bolsa de Comercio, consiste en un “hábitat recolector, reducidor y controlador del oro total país. Posee gran lingote en estado de constante ebullición, receptor del oro licuado. Está habitado por ‘El Gran Economista’, que posee cucharón catador, sillón ministerial, teléfono y portafolio. Exteriormente existen dos tribunas para masa popular observante (sin voz ni voto) y camiones para su traslado. Existen casetas para expertos (ministros, economistas, banqueros, financistas, etc.) con ojos visores para control y cálculos. Posee antenas para emisión de sonidos agudos o graves, según la crisis”.
El proyectoide N6, “Borriquito Golden Rock”, para instalar en la zona de Recoleta, se trata de un “hábitat para asnos errantes en el desierto con refinado gusto burgués, controlado y guardado por robots computados”.
“N.N. Morton Pez”, el proyectoide N7, según la descripción de la artista: “Una pileta para peces subversivos que contiene dos especies de peces: violetas y rojos. Los violetas son flacos, rebeldes, trabajan para los gordos. Se nuclean en núcleos disidentes y solicitan mejoras. Los rojos dependen del gran pescador y le obedecen sin razonar. La pileta posee orejas y ojos electrónicos para control total”. La zona propuesta para la realización del proyectoide es la Escuela de Mecánica de la Armada.